miércoles, 20 de abril de 2022

Ya lo dije alguna vez, pero...

 

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Prevenir, más que curar 

Esta mañana fui, como muchas otras veces, cada mes, a la farmacia del IMSS: debía recoger una de mis medicinas para cardiópatas. Frente a la ventanilla de esta farmacia se forma una larga fila de pacientes. Yo les digo así porque todos los de la cola pasamos por alguna enfermedad que nos llevó a consultar al médico, o fuimos internados por alguna causa. Mientras esperaba con toda paciencia, me dediqué a observar con detenimiento y con toda la discreción posible a cada persona. La mayoría ancianos o preancianos como yo. Sin embargo, frente a una ventanilla especial, estaban formados aquellos más viejos o que presentaban alguna discapacidad, así que había sillas de ruedas, una tras otra; mujeres y hombres con bastón; algún joven con muletas. Me puse a pensar que, en mi caso, si hubiera tenido la previsión de acudir a un programa de acondicionamiento físico durante los años previos a mi infarto, no estaría en este lugar y a esta hora, sino disfrutando la compañía de mi familia, o leyendo mientras un buen disco de jazz infunde ritmo y poesía al ambiente. Los dineros que el Instituto Mexicano del Seguro Social invierte en mi enfermedad, serían mejor empleados en mayores sueldos a los médicos, mejores instalaciones, más especialistas (escasean en el IMSS).

Me pregunto si es más caro establecer programas de gimnasia, orientación nutricional, talleres de artes y artesanías. Lo que ha gastado el IMSS en mi persona suma cientos de miles de pesos. Y eso que la mayor parte de mi vida las visitas al consultorio o a urgencias fueron infrecuentes. Además, siempre que pude acudí a doctores particulares, pues las citas del Seguro se espaciaban un mes o dos o más. Le ahorré, sin querer, algunos miles de pesos al Instituto. En cambio, si me hubieran invitado a un programa de salud preventivo, estoy convencido de que la historia sería distinta. El ahorro sería grande. Multiplique usted algunos cientos de miles de pesos, gastados en cuidar la enfermedad, por los millones de personas que se deterioran debido a sus malos hábitos, al sedentarismo crónico. Creo que si me pongo a echarle números, y me dejan ver la contabilidad del Instituto, veríamos que es más práctico invertir en salud que gastar en medicinas y enfermos. Creo que es una paradoja: usamos recursos para cuidar la evolución de las enfermedades, pero algo nos impide ocupar inteligencias y dinero en evitar que la gente se enferme.

Y, si no me enfermo, gastaré menos en pastillas: seré menos pobre, y por lo tanto, mi país será menos pobre. Acaso me equivoco, pero es así como lo entiendo.

Desde luego, hay intentos, como el Triatlón Prevenimss y otros programas, pero son tímidos a tal grado que a mayoría de los derechohabientes ni se enteran. Creo que debería ser la norma inviar a cada paciente, sin importar su edad, a participar en algún programa. Cierto que el instituto es incluyente: las actividades físicas que promueve están abiertas a todo el público, no sólo a los asegurados. Pero, aunque son loables los esfuerzos, debemos recordar que la salud es un tema de atención cotidiana. Por eso debe haber espacios donde se practique deporte, se impartan orientaciones, se cultive el arte y se ofrezcan otros servicios de modo permanente. Mejor no pueden emplearse las cuotas que trabajadores y empresarios aportan sin falta.

Claro que cada quien es responsable de su propia salud, pero somos ignorantes de los medios adecuados para cuidarla. Encima, tenemos la publicidad constante, cotidiana, de los medios comunicativos (nos los llamo “informativos”, porque informar es lo menos que hacen) y las redes sociales: “come esto, bebe aquello para que seas y te veas feliz”. Sí es responsabilidad del Estado, en todos sus niveles, reeducar contra la propaganda publicitaria. Sí es responsabilidad de las instituciones de salud pública establecer programas eficaces, masivos, de salud preventiva. Centros de actividad física con instructores capacitados; orientación nutricional con profesionales del área; lugares públicos de recreación sana; talleres de cultura y arte. Todo esto aporta elementos de salud y, además, felicidad. La felicidad promueve salud mental y física.

Los problemas de la salubridad pública, hay que decirlo, no son causa del personal. Hay gente maravillosa ahí en todas las áreas: médicos, paramédicos, afanadores, enfermeras y enfermeros, guardias, administrativos. Los he visto comportarse como profesionales y humanos empáticos, compasivos. No voy a relatar aquí las muchas anécdotas que lo confirman.

“Si me hubieran invitado a algún programa... o al menos me hubieran dicho cómo sería mi futuro de continuar con los descuidos que acostumbré en mi juventud…” Ese “hubiera” sí que existe como posibilidad; conmino a los gobiernos de cualquier color a pensar y actuar ene ese sentido. Habrá un grande ahorro económico a la larga. Los ancianos y preancianos seguirán siendo productivos por más tiempo, y no una carga para la sociedad, como lo sería yo si estuviera impedido por mis achaques. Desde luego, la naturaleza hace su trabajo y la edad nos desgasta, pero es totalmente innecesario que todas las personas maduras dejen de aportar su esfuerzo y experiencia a la sociedad, tan sólo porque no nos preparamos activamente para esta etapa de la vida.

No soy nadie para conminar a funcionarios y directivos, sólo un derechohabiente agradecido que quisiera dar más porque me gusta la vida; especialmente la buena vida, la que produce y es capaz de dar felicidad a otros y a uno mismo.


viernes, 11 de febrero de 2022

Facebook y el tedio. Por Agustín García Delgado

 



Todos sentimos cansancio después de un trabajo, un esfuerzo deportivo. Después del reposo, podemos volver a la pista o la pala. Esa fatiga es benéfica, es un signo salubre. Nos retiramos del área laboral o del gimnasio por unas horas, un par de días, para retomar la acción con igual o más brío. Sin embargo, los usuarios de Facebook que se marchan por millones, ¿de qué están cansados?

Como en un mal matrimonio que agota sus fuentes de bienestar o de amor, y truecan la convivencia en una relación indeseable, molesta, quienes abandonan la gran plataforma de FB, tal vez, han decidido gritar ¡Basta! Lo gritan con el gesto más radical: dan media vuelta y dejan de participar en la fiesta donde fueron admitidos de forma gratuita. Bueno, la verdad, es que en este tipo de fiestas nada es gratis, aunque lo parezca. No sólo se trata de los millones que cierran sus cuentas en el “libro de rostros”, sino muchos otros que, sin irse del todo, navegan cada vez menos por esas aguas; sólo entran para cuestiones puntuales y breves, como saludar a un familiar, enterarse de algún asunto comunitario. Cada vez son menos los que pasan horas largas viendo sin propósito los chismes que ahí abundan. Lo peor es que parecen traicionar a su viejo amor por algo pequeño y que no debiera tener mayor atractivo: Tik tok.

La verdadera naturaleza de FB (también las otras plataformas: Twitter, Pinterest, Instagram, Tik tok, Tinder y otras que desconozco aún más) es que presenta la fachada de una gran tienda adonde entramos fácil porque está inundada de música al gusto, rostros bellos, seducción en formas variadas. Adentro, abundan los anuncios que nos invitan a comprar. Nadie nos obliga, pero a fuerza de ver mil veces un producto muy bien presentado, acaba uno por interesarse y, sí, muchas veces compramos. Nada malo: así es el comercio en todo el mundo.

¿De qué están cansados los feisbukeros que abandonan este gran mall virtual? Quizá de su rostro de aparente neutralidad, de tanto anuncio publicitario, de las fake news, de ver tantas veces lo mismo. ¿No fue por semejantes causas que fracasó el “socialismo realmente existente” (y que realmente nunca fue verdadero socialismo)? Los habitantes de la Rusia soviética tuvieron un hasta aquí del falso paraíso económico de los trabajadores. Sólo era el Edén de unos cuantos funcionarios burócratas. Bueno, quizá el ejemplo sea extremoso: el mundo comercial siempre se desgasta y acaba por desaparecer o disminuir drásticamente. Recordemos cómo terminaron sucesivas eras de productos para guardar música: cintas, casetes, cajas de 8 tracks, discos de vinil, discos compactos… todos aparecen como la gran promesa y desaparecen como vejestorio ante cualquier otro producto que se presente en nombre de la vanguardia tecnológica. Pero si el socialismo se desgastó en su misma cuna, ¿por qué el capitalismo ha durado tanto? Quizá porque nació con las etiquetas más sinceras: “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies”, dicen que dijo Marx. Nadie se espantó porque, simplemente, era verdad. Nadie nos engaña con el capitalismo; y nadie ofrece una verdadera alternativa. Quizá el bitcoin desplace al poder del creditismo bancario; quizá un día los bancos encuentren la forma de apropiarse de todos los bitcoins (¿no lo estarán haciendo ya, mediante la especulación?).

La verdad es que en cuestión de cosas que se venden, ocurre lo que dice José José del amor: “hasta la belleza cansa”. Y sí, FB es una estructura eficiente, hermosa, seductora, pero su discurso es lo mismo una y otra vez. Tarde o temprano, la gente optará por cualquier otra oferta colorida y edulcorada, un dulcecito como tik tok, o cosa semejante. Siempre ha ocurrido. Falta mucho para ver el fin de FB, pero ya se advierte la preocupación del dueño por algunos millones de dólares que se le escapan de las manos. No acabará llorando: sabe que ese dinero no desaparece, sólo vuela hacia otro bolsillo, otra de las trampas creadas para esquilmarnos a usted y a mí, es decir, otro negocio global donde invertir. Los pueblos se abalanzan sobre las ofertas del día. Hoy tenemos los videojuegos, que atraen masivamente a quienes fueron, hace pocos años, niños atolondrados frente a la consola y su joystick. Ahora son competidores de un nuevo “deporte” que tiene más espectadores que practicantes, como todos los deportes. Quizá por ese rumbo se decante el nuevo interés inversor de Zuckerberg, quien a veces amenaza con cerrar su tiendita (algún tuitero le responde: “oye, si aquí han cerrado los bares, ¡los bares!”), pero eso a nadie asusta.

Ojalá seamos los usuarios quienes, haciendo valer la fuerza del tedio, abandonemos este mall virtual si ya no satisface. No se acabarán los centros comerciales de internet, pero ejerzamos el derecho a salirnos cuando nos dé la gana de este y de cualquier otro, que siempre habrá muchos. Y, si no los hubiera, volveríamos a comprar como antes lo hacíamos. Quizá vuelvan las tienditas de la esquina, aunque vendan más caro; tendríamos mayor proximidad social, que buena falta hace. Así han vuelto los discos de vinil, los muebles y la ropa vintage, las bicicletas, las oscuras golondrinas.

Cerraré con estas palabras, que hago mías, de Jaime Rubio Hancock, columnista de El País:

“…podríamos vivir sin Facebook e Instagram? Muchos creen que sí: uno de los pioneros de internet, Jaron Lanier, proponía en un libro que todos deberíamos dejar las redes sociales. Todas. Para recuperar algo de la empatía que anestesian, del tiempo que perdemos y de la libertad que nos roban. No soy tan pesimista como Lanier: seguro que las redes deberían estar mejor diseñadas, pero creo que ayudan a descubrir ideas, lecturas y a gente interesante y graciosa.” (elpais.com: “Cierra al salir, Zuckerberg”. 11 de febrero, 2022)

 


jueves, 3 de febrero de 2022

Ejercicios III. Nadie es eterno en el mundo. Agustín García Delgado



http://www.eldespecho.com.co/2016/07/dario-gomez-nuestro-idolo-vol-2-lp-1989.html


Nadie es eterno en el mundo

(Darío Gómez, [Colombia, 1951])

Esto es parte de un proyecto: reunir una serie de comentarios a canciones del género norteño mexicano, de esas que se tocan con acordeón y bajosexto (aunque hay tríos con guitarra y bajosexto, sin acordeón; y suele haber grupos que se acompañan de acordeón, saxofón, batería y otros instrumentos). En cuanto uno pretende apegarse a un género, surgen dificultades. Por ejemplo, ¿cuáles estados de la república se consideran “norteños”? ¿Cuáles canciones y cuál música pueden considerarse norteñas: las compuestas en esta región o las que interpretan grupos radicados acá? ¿Entran al mismo costal los conjuntos de acordeón y sax con las llamadas “bandas” del noroeste? Para evitar confusiones, dejaremos fuera de esta compilación a esas agrupaciones de “la onda grupera” que ya casi no existen, como Los Solitarios, Los Silver, y hasta rockeros como Los Apson: todos ellos, sin duda, son del norte, pero no se los puede llamar del género norteño, como serían Los relámpagos del norte, Los invasores de Nuevo León, Los tigres del norte, Los cadetes de Linares, Los cardenales de Nuevo León, Los alegres de Terán, Los broncos de Reynosa y un largo etcétera. Igualmente deben ser tomados en cuenta personajes a quienes conocemos como solistas: Mario Saucedo, Ramón Ayala, Cornelio Reyna, Lalo Mora, Eliseo Robles, Pedro Yerena, Pepe Hernández… Notamos en estas listas incompletísimas dos cuestiones muy importantes. La primera es que se trata de un mundo casi invariablemente masculino; la segunda, que estoy ocupándome de música más o menos viejita y me olvido, por ahora, de los cientos de grupos y solistas surgidos en este milenio y un poco antes. No tendríamos espacio ni energías para abarcarlos a todos y todas.

Otro problema que hubimos de enfrentar es que los norteños tocan y cantan temas propios de la región, pero también otros de origen diverso. Es el caso de la canción que comentaremos hoy, “Nadie es eterno en el mundo”, compuesta por el colombiano Darío Gómez en 1989. Curiosamente, ha sido adoptada por músicos norteños, principalmente. El intérprete mexicano más famoso de esta pieza es el zacatecano Antonio Aguilar, quien la grabó con acompañamiento de banda norteña (quizá en 1986: https://www.youtube.com/watch?v=fBcggBE0EAw) y también con mariachi (en 1995: https://www.youtube.com/watch?v=fdDKL5j9Sng). Yo la escuché por primera vez tocada en docerola por el sinaloense Édgar Fimbres, excelente requintista y cantante (https://www.youtube.com/watch?v=kj3ve6e7lfY). Por lo anterior, considero a esta canción una pieza del folclor norteño, donde ya echó raíces aunque provenga de muy lejos.

Por su ritmo valseado, se adapta perfectamente a los compases de la canción ranchera y norteña. Es más, cuando la interpreta su autor, lo hace con mariachi, y suena muy mexicana (https://www.youtube.com/watch?v=_QfyZsb1KTo). Es notable que haya sido precisamente en el norte mexicano donde el tema y las exigencias musicales de esta canción la hayan logrado acomodar al gusto regional (no en el sur, no entre los intérpretes vernáculos).

Luis Omar Montoya Ávalos define con estas palabras el fenómeno de la música norteña mexicana. Su enfoque es interesante, aún con su brevedad, porque aborda aspectos políticos, además de los históricos:

“Ésta puede definirse desde lo instrumental (acordeón y bajo sexto), desde lo visual (uso de cuera –chamarra– tamaulipeca, botas y sombrero texano) y desde los géneros musicales (corridos, rancheras, boleros, cumbias y baladas). La música norteña también es la fusión de la tuba sinaloense con el acordeón norestense (pensemos en Calibre 50, Julión Álvarez, El Mimoso y Julio Preciado)”. (“La música norteña en México: su importancia y desarrollo”. RDI, Revista Digital Universitaria. En línea: http://revista.unam.mx/vol.18/num4/art33/) Consultado el 10 de enero de 2022.

Los grupos y solistas de este género son cientos en toda la franja norte de México. En Colombia, también, hay un grupo norteño compuesto sólo por mujeres: Las damas de hierro. Otros conjuntos femeninos se van abriendo paso poco a poco, aunque no han conseguido la difusión masiva de los famosos.

Un fenómeno interesante de la música popular es que sus repertorios no son tan territoriales como sus estilos e instrumentos: canciones de la tradición rockera pueden ser interpretados con éxito por mariachis, norteños y banda. Las canciones, aunque mantengan sus derechos de autoría, no pertenecen de manera legal a uno u otro género. Por ello es que nos encontramos con una composición originaria de tan lejos como Colombia, y adaptada al norte mexicano, donde quizá muchos la consideran hija de esta región. La canción es un poema de valor universal. Se dice que al autor lo apodaron “El rey del despecho” por esta letra, pero en realidad se trata de una reflexión honda, sentida, sobre la brevedad de la vida. Basta con escucharla con atención para captar su trascendencia y belleza; por ello, nos ahorramos los comentarios y dejamos hablar al poema. Y vayan a escucharlo en los enlaces que aquí les he dejado.

Sin mayores preámbulos, aquí la letra:

 

Nadie es eterno en el mundo

Nadie es eterno en el mundo
ni teniendo un corazón
que tanto siente y suspira
por la vida y el amor.

Todo lo acaban los años,
dime qué te llevas tú,
si con el tiempo no queda
ni la tumba ni la cruz.

Cuando ustedes me estén despidiendo
con el último adiós de este mundo,
no me lloren, que nadie es eterno,
nadie vuelve del sueño profundo.

Sufrirás, llorarás, mientras te acostumbres a perder,
después te resignarás cuando ya no me vuelvas a ver.

Adiós a los que se quedan,
siempre les quise cantar,
suerte y que la gocen mucho
ya no hay tiempo de llorar.

No lloren por el que muere
que para siempre se va,
velen por los que se quejen
si los pueden ayudar.

Cuando ustedes me estén despidiendo
con el último adiós de este mundo,
no me lloren, que nadie es eterno,
nadie vuelve del sueño profundo.

Sufrirás, llorarás, mientras te acostumbres a perder,
después te resignarás cuando ya no me vuelvas a ver.

 

 No tramité un permiso de quienes poseen derechos autorales sobre esta letra ni las otras que he venido comentando. El motivo es que el presente escrito no tiene intenciones comerciales. Si alguien piensa que sus intereses son vulnerados por esta publicación, bastará con que se ponga en contacto conmigo para retirarla del blog o solicitar el permiso legal.

 

 

viernes, 7 de enero de 2022

Ejercicios II. Ese arbolito. Por Agustín García Delgado

 



La canción popular tiene destinos curiosos. Sus autores son a veces anónimos. Sus intérpretes pasan, cuando hay suerte, por periodos de fama temporal, a veces muy efímera, y vuelven a descansar bajo el olvido. O bien, son conocidos en zonas bien delimitadas, como es el caso de los artistas de ese género conocido como canción norteña: suele ocurrir que en el centro del país no se les mencione ni escuche; no son lo que llamamos “artistas nacionales”, los que irradian del centro a la periferia del país aunque su procedencia sea la provincia: José Alfredo Jiménez, Javier Solís, Pedro Infante, Lola Beltrán… Así, resulta que las huastecas tienen sus artistas, conocidos mayormente ahí; en el sureste florecen voces y compositores endémicos; en el norte nos deleitan los grupos y solistas norteños. Entre estos norteños, podríamos nombrar a más de un centenar que brillaron en el siglo XX y lo que va del XXI, pero por hoy habremos de limitarnos a un reducido grupo, el de aquellos que conocemos y nos gustan mucho. Tal será el criterio que gobierne la selección de canciones e intérpretes en esta serie de ejercicios que iniciamos aquí.

Algunas canciones se quedan mucho tiempo en el sentir del pueblo, y son documento valioso por su calidad estética, aunque su lenguaje sea el de la gente sencilla; aunque su espacio de difusión sean las cantinas, las fiestas de barrio o aldea. No importa si en las academias se habla poco de ellas: aun así perviven y persisten. Es importante el contexto en que son creadas e interpretadas, pues de eso dependerá su destino y su suerte.

Por motivos que no es necesario justificar, encuentro algunas cuantas piezas, en la música norteña, que me intrigan por su poesía, sencilla y muchas veces profunda. Hoy nos ocuparemos de “Ese arbolito”, una especie de elegía cantada por Mario Saucedo, artista popular de Saltillo, Coahuila, cuyo timbre de voz lo hizo tan estimado o casi tanto como Cornelio Reyna y Ramón Ayala, ese par de enormes representantes del género, y muy cercanos geográficamente: Cornelio nació en Parras de la Fuente el 16 de septiembre de 1940 y murió en la CDMX el 22 de enero de 1997; Ramón (llamado el rey del acordeón) vio la luz en Monterrey, NL, el 8 de diciembre de 1947. Mario Saucedo nació y vivió, según parece, en Saltillo, Coahuila, pero no se encuentra mucha información biográfica de él en la Internet. Todo indica que ya murió, pero ignoro en dónde; su hijo. Mario Saucedo Jr., sigue cantando las canciones de su padre con una voz que se quiere parecer a la original y no alcanza el feeling, el dolor intrínseco del progenitor. Ayala y Cornelio formaron parte de Los relámpagos del norte, un grupo cuya discografía es amplia y muy difundida. Son unos gigantes de la canción, cuyas voces armonizaban en uno de los mejores duetos de la historia musical mexicana. Cornelio, por su parte, filmó varis películas y grabó discos como solista, luego de separarse de Los relámpagos del norte, donde cantaba con Ramón Ayala. Ramón debe su fama a una interminable carrera de éxitos y a su proverbial habilidad con el acordeón, además de una serie de canciones que han quedado en la memoria de quienes amamos el género. Son clásicas norteñas.

Cuando uno escucha esas letras, poco se detiene a desmenuzar su sentido; nos limitamos a disfrutar su ritmo y la emoción que se desprende del sonido, de algunas frases, sin buscar más allá de lo que captamos al vuelo pronto. En cambio, al escuchar y leer con atención la pieza que venimos comentando, descubrimos un mundo de sentidos y de poesía que enriquecen su disfrute. “Ese arbolito” es un bolero, que, en la interpretación de Saucedo, se acompaña con bajosexto, redova, acordeón, bajo eléctrico, batería, saxofón…  instrumentos de un conjunto norteño. La velocidad con que el grupo de Saucedo la toca consigue atenuar un poco su trágico mensaje, al grado que, en una fiesta, podría incluso bailarse. El intermedio musical, dominado por la melodía brillante donde hacen dueto el acordeón y el saxo, dan un toque casi alegre a la pieza. No es una contradicción, sino un equilibrio entre música y letra, entre melodía y mensaje lírico.

Aquí la letra:

 

Ese arbolito
(José Torres)

Ese arbolito que está cerca de tu casa
me trae recuerdos de aquel tiempo tan bonito:
de los besitos que debajo de él me dabas.
¡Ay cuánto sufre el corazón, nomás lo miro!

A veces paso y, sin quererlo, me detengo
a contemplarlo desde abajo hasta la cumbre,
y de repente se me arrasan estos ojos
con unas lágrimas que queman como lumbre.

Yo qué quisiera, que mi Dios ya me llevara,
pa’ no seguir aquí en el mundo más sufriendo.
A veces pienso de un balazo un día matarme,
a ver si al irme, allá en el cielo, yo te encuentro.

A veces paso, y sin quererlo me detengo
[…]

Yo qué quisiera, que mi Dios ya me llevara,
[…]

 

Las tres estrofas establecen tes momentos emotivos perfectamente delimitados: primero, la memoria feliz que la vista del arbolito evoca, matizado por el sufrimiento que indica el cuarto verso. No sabemos a qué se debe ese sufrimiento, nunca se nos dice, pero el resto de la letra nos permite imaginarlo. Sin embargo, cuando se sufre al contemplar una cosa bonita, se trata de una tristeza dulce, un dolor lánguido que no deseamos evitar, sino que alimentamos de vez en cuando para darnos un poco de consuelo en la pena repetida. Es así como soportamos algunas pérdidas. La segunda estrofa, en cambio, nos ubica en la reiteración, quizá obsesiva, de ese recuerdo sufriente que se enfatiza en sus dos finales versos (“y de repente se me arrasan estos ojos / con unas lágrimas que queman como lumbre”). Ya no es un pequeño dolor, sino un llanto quemante. Ha crecido, pues, la intensidad de esa emoción. No se nos dice la causa, pero no puede tratarse de otra cosa sino de una pérdida amorosa, una pérdida traumática. Finalmente, la tercera estrofa ocupa no uno, ni dos, sino sus cuatro versos a desatar toda la tragicidad, todo el quebranto del mensaje lírico. Ha ido subiendo la gradación hasta culminar en el punto extremo: el deseo de la muerte, con un doble cometido: parar el sufrimiento y, qué mejor, encontrarse en el cielo con quien puede terminarlo trocándolo en amor. ¿A qué se debe esta perfección técnica, proveniente de un autor que quizá no tiene formación académica? A que este autor, José Torres, tiene un excelente oído para el ritmo y, además, la música es una auxiliar de la métrica, en la medida que obliga al ajuste de golpes silábicos para adaptar la letra a una melodía. Pero debemos reconocer, también, que el compositor de “Ese arbolito” es un poeta nato y despliega su capacidad máxima en esta pieza. Según parece, él escribió también esa canción que Chayito Valdez hizo popular, “Mi soldadita”. Por desgracia, no encontré en la gran red más noticia sobre José Torres.

Quiero agregar, lo más brevemente posible, otra cualidad de esta canción: su métrica es perfectamente regular. Sus doce versos tienen cada uno, rigurosamente, trece sílabas con acentos principales en cuarta y octava sílabas; hay rimas en segundo y cuarto versos de cada cuarteto. La primera estrofa tiene rimas asonantes en segundo y cuarto versos; la segunda, tiene rimas consonantes y la tercera, rimas asonantes. Son detalles técnicos, pero no de menor importancia; he participado en talleres de poesía donde los aspirantes a poetas batallan durante meses (o años) y no consiguen articular una secuencia sostenida con versos de ocho sílabas. La calidad retórica y métrica de “Ese arbolito” contribuye, sin duda, a la seducción que de inmediato ejerce en quien la escucha. Es, como dicen, una canción “pegajosa”, pero no sólo eso. En el fondo de su letra sentimos algo que la hace destacar, una intensidad que crece, una pérdida de la que no se nos habla pero adivinamos, una persistencia del amor que permanece “constante más allá de la muerte”, como dice el poema de Quevedo. Y nos duele, claro, y por eso queremos escucharla una y otra vez, de preferencia en la voz tan peculiar de don Mario Saucedo.

Algunos escritores del norte han sido pioneros en reconocer valores estéticos en la canción folklórica del norte, así que no estoy solo en esto. Recuerdo por lo pronto a Luis Humberto Crosthwaite, quien hizo una novela divertidísima donde intervienen Cornelio Reyna y Ramón Ayala (Idos de la mente. La increíble y (a veces) triste historia de Ramón y Cornelio); y hace poco leí un artículo muy bueno de Julián Herbert donde menciona a Ramón, a Cornelio y, muy de pasada, a Mario Saucedo, pero también hace una apología de la canción norteña, más un poco de historia (“Que viva la polvadera. Hay un mar en mi pecho”, en https://www.vice.com/es/article/4we8dw/que-viva-la-polvadera).

La poesía, ya se ha dicho algunas veces, no siempre está en los libros de poemas. Con frecuencia brilla, y más que en los libros, en las canciones que el pueblo escucha, en las voces de intérpretes casi desconocidos, pero que están presentes en el sentir de la gente y, por fortuna, de vez en cuando las escuchamos todavía en la radio (o en apple music, vía alexa).

Finalmente, ofrezco aquí un vínculo donde se puede escuchar la canción, si lo desean: https://www.youtube.com/watch?v=Dd1HW1374js


jueves, 30 de diciembre de 2021

Ejercicios. Por Agustín García Delgado

 


https://noticiasargentinas.com/cultura/la-compleja-vida-de-violeta-parra-que-eligio-el-suicidio-despues-de-escribir-gracias-a-la-vida


Ejercicios

I.

Levantarse en cuanto los ojos acaban de abrirse. Abrirse a la resignación de acatar la rutina diaria y sus tediosas minucias. No, el tedio no es digna vida, mucho menos vale la pena contarse. En cambio, la perspectiva de emprender un ejercicio distinto cada día, o al menos una variación de los ejercicios que se han venido realizando durante un tiempo determinado, eso sí que da color y sazón a la tarea de mover los músculos externos e internos (imaginar, pensar, emocionarse). Una tarea, pues, creativa e impulsada por un estímulo humanamente valioso. De tal estímulo o motivación hablaremos luego. Por lo pronto, y para ir de inmediato al punto, relataré mi experiencia con una letra y música chilenas: “La petaquita”, de Violeta Parra. Tal fue mi ejercicio de hoy, y he ido despacio, como en un culto a la lentitud (para honrar el concepto de Carl Honoré con su libro Elogio de la lentitud).

Encontré en uno de los soportes musicales más conocidos (apple music) esta pieza, empleando como palabras de búsqueda el nombre de la artista chilena. También está en otros lugares. Oí reproducidas un manojo de obras suyas muy conocidas, y algunas que no recuerdo haber escuchado antes, como esta de la petaquita. Me sedujo la sencillez, tanto del texto como de la música. Sobra decir que el timbre mismo de la voz de esa poeta sudamericana basta para ceder al embrujo de repetir muchas veces la grabación, hasta volverla parte de mi repertorio cancionil predilecto. También está presente, desde luego, la simple y hasta cierto punto contradictoria filosofía que propone. En resumen, la voz dice poseer una petaca, es decir, una pequeña caja, maleta o estuche donde guarda “las penas y pesares que estoy pasando”. El estribillo, cuando se canta después de la primera estrofa, parecería indicar que un día, esos pesares y esas penas han desaparecido, porque “algún día / abro la petaquita / la hallo vacía”. Sin embargo, las siguientes estrofas aluden al deseo, por parte de mujeres y hombres, de tener pareja, casarse, pero ese deseo, como las penas y pesares guardados en la petaquita, y convertidos en oportunidades, ocasiones de cumplirse, también desaparecen: al abrir la petaquita, no hay nada allí. Mi interpretación está justificada por el tono melancólico de la canción y, sobre todo, porque ese adverbio, ‘pero’, indica una frustración: la esperanza, al abrir la petaca, es hallar algo dentro. Vacío, es lo único que el tiempo ha dejado. Los señores y las niñas de la canción quieren lo que no tendrán. El campo léxico del principio apoya esta noción de un destino triste: ‘penas’ y ‘pesares’ que estoy pasando, dice la voz poética. Cierto que es una dulce tristeza, como varias canciones de Violeta (“Volver a los 17”, “Run-rún se fue pa’l norte”, etcétera). La fatalidad o, simplemente, el destino: los hombres llevan escrito en el sombrero su deseo de casamiento; las “niñas” lo llevan escrito en el vestido. Sin embargo, como el destino de la misma cantante chilena, la soledad será lo que obtengan de su anhelo, representado por la petaquita.

La motivación que impulsó este ejercicio es doble. Necesitaba ocuparme en algo placentero por desafiante; me interesa, además, mostrar la cercanía, la identidad de dos culturas latinoamericanas, chilena y mexicana, en una canción que bien pudo ser escrita durante la Revolución mexicana, si tan sólo tuviéramos una poeta-compositora entre nosotros. Desde luego, no faltan piezas de ese tiempo o anteriores con el mismo espíritu, con una filosofía sencilla y universal como la de La petaquita. Por suerte, aún pueden encontrarse, aquí y allá y gracias a la gran red, casi todas las canciones de Violeta, quien sigue viva en la tradición chilena y en las varias biografías que de ella se han hecho, una de las cuales agradecemos a su hijo, el también músico y cantante Ángel Parra (Violeta se fue a los cielos. [Catalonia, Santiago de Chile, 2018] Se puede conseguir en Amazon, incluso en Kindle y a buen precio).

Fui lento, sí, me tomé el tiempo de intentar la armonización y adornos melódicos en la guitarra. Muy simples, como he dicho, pero tomemos en cuenta que no soy músico. También procuré adecuarla al tono de mi voz para poder cantarla y así vivir con mayor plenitud el sentido de esa pequeña obra de arte, verdadero poemita destinado al disfrute popular. Me atrevo a compartir un vínculo de la Internet para que puedan escucharla quienes lo deseen: https://www.youtube.com/watch?v=glmZmA8nKtE

También, desde luego, transcribo aquí abajo la letra para que la conozcan ustedes sin abandonar la comodidad de la página.

Concluyo recordando el asunto del inicio: esta reflexión es un ejercicio ideado con el fin de darle sentido al curso rutinario de cada día. Cada día, pues, uno puede amanecer con una tarea semejante en mente, y esto exigirá tal dedicación y energía que no quedará espacio para el tedio ni la preocupación. Es más, creo que a través de este juego de hacer cosas como analizar atentamente una canción, un poema, un tema cualquiera, se puede ser feliz. No hace falta dinero para ello, ni comprar nada (bueno, conviene pagar el servicio de internet para tener más a la mano los archivos necesarios, o bien, acudir a las bibliotecas públicas: también están llenas de sorpresas y diversión). Tampoco es obligatorio aprender un instrumento musical. Eso forma parte de otra actividad maravillosa y de personal elección, capaz de agregar valor a las horas y los días de una existencia. Las otras tareas, como las labores domésticas, regar las plantas del jardín, convivir con la familia y los amigos, serán así más placenteras y ricas. Lo garantizo.

 

La petaquita

(Violeta Parra)

Tengo una petaquita
para ir guardando
las penas y pesares,
que estoy pasando.

Pero algún día,
pero algún día,
abro la petaquita
y la hallo vacía.

Todos los hombres tienen
en el sombrero
un letrero que dice:
casarme quiero.

Pero algún día,
[…]

Todas las niñas tienen
en el vestido,
un letrero que dice:
quiero marido.

Dicen que le hace,
pero no le hace.
Lo que nunca he tenido
falta no me hace.

Pero algún día,
[…]

jueves, 11 de noviembre de 2021

Documento pesimista. Por Agustín García Delgado

 


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Los ricos dominarán el mundo. Mejor dicho, lo dominan desde hace mucho. No es que yo prefiera un dominio de los pobres o de la clase media: buenos y malos regentes del mundo habrá en todas las clases e ideologías, aunque en realidad no he visto a un pobre al frente de su país, para evaluarlo; cuando alguien llega al poder, si acaso alguna vez fue pobre, ahí deja de serlo, pues el poder modifica el estatus de las personas. No es que quiera denostar la existencia de clases sociales, de unos cuantos millonarios encumbrados; en rigor, si no me entero de cómo influyen los potentados en la vida cotidiana, en mi propia vida, poco me importa que tengan más o menos, pues en mi escala de valores no se cuenta el deseo de tener, obtener o atesorar dinero y propiedades. Pienso que, siendo la vida tan efímera, es absurdo vivirla entre montones de dinero que ni siquiera puedes contar. Es cierto: muchos millonarios no podrían decir exactamente cuánto dinero tienen. Creo que algunos no han conocido la cuantía de sus posesiones. No han caminado la total extensión de sus terrenos, no han habitado en todas sus casas y edificios, no han piloteado todos sus vehículos (ya quisiera yo tiempo para pilotear mi bicicleta). ¿Cuál es el sentido, entonces, de tener tanto?

            Desde hace algunos años se habla de avances médicos hacia la prolongación indeterminada de la vida. Incluso hay afirmaciones extremas: se podría suprimir la muerte. Algo dentro de mí me advierte que eso es una muestra de ceguera humana. Pretensiones hay tan absurdas como el progreso infinito, la búsqueda de felicidad en el placer, la superioridad de unas razas humanas sobre otras, o ver a la naturaleza como el enemigo a vencer en aras de conquistar el bienestar de la gente (no de toda la gente, eso es seguro).

            Por ilusoria que parezca la idea, es posible que surjan cada vez mejores medios para extender la vida y un día se logre vencer a las enfermedades. Falta mucho, pues ahora mismo no hemos conseguido entender plenamente el cáncer y muchas afecciones azotan al mundo sin que nadie encuentre cura pronta y definitiva. No obstante, una persona enferma, si tiene dinero, sin duda accederá a los últimos avances médicos y así su esperanza de seguir caminando sobre la tierra será mayor. Si un día se encuentra la fórmula de la inmortalidad o algo que se le acerque, estará disponible para unos cuantos, como ahora están las medicinas caras. El resultado será que una élite adinerada se verá más joven longeva, generación tras generación, mientras el resto de la humanidad seguirá lidiando como hasta ahora con sus males hasta donde sus recursos lo permitan. Imaginemos el escenario del mundo dentro de trescientos años: unas pocas familias de “jóvenes eternos”, asquerosamente ricos y poderosos, gobernarán cada país, o quizá un imperio mundial unificado, donde el resto de los humanos serán todos lacayos, empleados de corta vida sin expectativas de ascender en la escalera económica. No es imposible, ahora mismo no hay un verdadero freno a los monopolios y ello polariza la economía de manera constante y visible: banqueros, políticos y capos narcos dominan casi cada país del planeta. Los trabajadores sin ambición, conformistas como yo, sueñan con la igualdad, pero nada hacen (quizá porque no pueden) para construir un mundo más justo. Aclaro que mi conformismo se reduce al aspecto económico: creo que toda la gente debe trabajar bien, cultivar el arte y la salud, aprender cosas nuevas, mejorar sus relaciones con los demás, cuidar la naturaleza que nos da hogar. Creo que no hace falta riqueza para ocuparse de esas cosas, que constituyen mi mayor interés. Pero tal vez no sea posible debido a la pasividad de los soñadores, y el mundo parece avanzar hacia mi pesadilla pesimista: los ricos dominarán al mundo y lo conservarán en el estado que conviene a su interés; crearán ideologías que justifiquen la desigualdad y el dominio absoluto de unos cuantos (inmortales) por encima de los muchos (poco longevos). Crearán sistemas de salud que sólo ellos podrán pagar. Tal vez lo están haciendo ya y ni cuenta nos damos, aunque deseo más que nunca estar equivocado.

 

lunes, 11 de octubre de 2021

Importancia de las antologías. Por Agustín García Delgado

 



En un libro que se desmorona literalmente en mis manos, descubrí la importancia de las antologías, a través de una de sus principales funciones: dar a conocer la obra —y los nombres— de poetas que habrían quedado en el olvido sin el esfuerzo de alguien que supiera reunir esas obras y esos autores. Esfuerzo que, por este libro, agradezco a un poeta tijuanense que me interesa mucho desde hace algunos años, Roberto Castillo Udiarte. Se titula Aquella noche el mar… Poemas de las costas bajacalifornianas. La obra está motivada entre otras cosas porque, como dice Castillo Udiarte en el prólogo, “a pesar de casi 1, 500 kilómetros de litorales salinos los escritores bajacalifornianos no son muy adeptos a las vivencias del mar”.

Hay pues, aquí, obras poéticas, algunas de sublime factura, firmadas por 38 buenos autores cuyos nombres, en su casi totalidad, me era desconocida. Varios de ellos tienen o tuvieron que ver directamente con la península y el noroeste nacional. No me avergüenza demasiado la propia ignorancia: en este país, la difusión de obras literarias irradia del centro a las orillas; además, cada año descubro que tenemos una cantidad grande de autores valiosos con unas cuantas obras publicadas en tirajes tan ínfimos que no alcanzarían para llevar un ejemplar a cada ciudad y pueblo mexicano donde existen lectores. Van surgiendo muchos nombres nuevos, van cubriéndose de bruma escritores valiosos de fugaz fama. En ese universo de las letras, nada pequeño, es lo más natural que para el grueso de los lectores quede una gran biblioteca ignorada, perdida en el olvido. A fin de cuentas es verdad que, como dice Gabriel Zaid, hay demasiados libros.

Sin embargo, desearía conocer y disfrutar hasta donde mis fuerzas lo permitan todas esas joyas porque a eso venimos al mundo, a leer la buena literatura, aunque tengamos que hurgar en un mar de páginas. Por suerte, están los antologadores y compiladores de buena voluntad y mejor oído, como Roberto Castillo Udiarte, que nos regalan libros como Aquella noche el mar… Ya dije que a la mayoría de los poetas ahí presentes jamás los había leído, pero confieso en mi descargo que por lo menos algunos me son familiares: Tomás Di Bella, José Javier Villarreal, Omar Pimienta, Gabriel Trujillo, Jorge Ortega. Cinco del total, casi la octava parte. Al final de esta reflexión compartiré la lista de los 38 autores.

El acierto de Castillo Udiarte no se reduce a la finura de presentarnos a esta cantidad de buenos poemas, sino a la sensibilidad refinada que le permitió elegir no sólo aquellos que se inspiran en las costas bajacalifornianas, sino poemas de tal calidad que la lectura resulta, como debe ser, un deleite. Claro que, como en todo poemario, algunas piezas habrán de hacerse notar con mayor fulgor; en mi opinión, todos los textos tienen calidad. Es de esperarse, tratándose del hombre inteligente y buen poeta que se ocupó de reunir este material, fruto de amplia investigación y largos años de cultivo en la lectura de poesía universal y otras áreas del conocimiento.

El volumen abre con el fragmento de una canción tradicional de la etnia cucapá:[i]

 

Agua dulce

agua salada

ven a pescar

 de madrugada

agua revuelta

tierra mojada

todos descansan

en la enramada.

 

En un comentario breve como este, solo puedo permitirme la mención de unas cuantas estrofas, tomadas de aquí y allá, para dar a usted, persona que lee, una idea de lo que le espera cuando consiga este libro, si le es posible (el tiraje fue de 1000 ejemplares). Me limito, pues, a citar algunas estancias de entre los poemas que llamaron mi atención, fragmentos con sus títulos y el nombre del autor:

 

Delirio del territorio marino

La cal de la luna cae
lentamente. El agua sube
hasta la dureza fría.
El agua sube y baja.

Cae suave y se derrama
la cal de la Luna Llena,
hasta la piel aterida
de un charco de pena umbría.

(Luis Martínez Díaz)

 

Recuerdo de todo

Mar
cuerpo de espuma
todos mis recuerdos se funden
en el reloj de tu arena.

Mar
aliento puro
fuerza desnuda que baila
con el viento.

(Juan Antonio Di Bella)

 

Susana, hay un pájaro en la noche
que llora tu partida.
Aquí estoy yo sobre esta playa,
carcomido de ausencias trashumantes,
de falta de ti,
de amaneceres.
Una gaviota escribe sobre el mar.

(Jesús Antonio Villa)

 

Amores de arena

Tengo un mar de coral en la entrepierna
varios barcos que navegan
            todavía
en el baúl de los recuerdos
la cama es un desierto que recorro
con el sabor de mi cuerpo en las mañanas

(Adriana Sing)

 

Terceto en San Felipe

El tiempo
se hace playa
mar   cerveza
y poesía diurna
de Rimbaud
El tiempo
se vacía
en el nudo caliente
de nuestros pies

            (Jorge Ortega)

 

El gran poeta y amigo Roberto ha tendido, con esta compilación, un puente de norte a norte, hilos de irradiación periférica. No sólo por haber publicado Aquella noche el mar… sino por haberlo traído a Ciudad Juárez y contribuir a que llegara hasta mis manos. Otros trabajos se han hecho para difundir las letras del noroeste, pero no siempre han viajado por nuestra franja fronteriza (si acaso habrán viajado).

Agreguemos a los aciertos de este tomo la inclusión, siempre agradecible, de la bibliografía utilizada, las fuentes de donde fueron seleccionados los poemas antologados. Ahí nos enteramos, por ejemplo, de que Gabriel Trujillo preparó una antología de poetas jóvenes en 1985 (Parvada, poetas jóvenes de Baja California, UABC); que tres de los poemas son inéditos; que Castillo Udiarte abrevó en por lo menos una treintena de libros para preparar esta selección. Menudo trabajo.

Como dije al iniciar este artículo, tengo en manos un libro que se desmorona. Es de lamentar que los presupuestos para poesía, a veces, lleven a producir ediciones encuadernadas de manera poco eficiente, y los tomos se deshojan si no pasamos con mucho cuidado de un poema a otro. Aun así, este libro endeble es poderoso y agradezco, sobre todo, a su compilador por dejarme conocer a tantos poetas nuevos para mí, en un pequeño libro que parece inmenso. Apenas 70 páginas que leo y releo por placer, a la vez que conozco un poco más de ese territorio lejano, la península bella que nos imaginamos y vivimos en estos poemas húmedos, salobres, con rumor de oleaje y con amor de mar. Saludo y agradezco el descubrimiento de para qué son las antologías. Esta, entre otras cosas, me quitó un poco de ignorancia.

 

Roberto Castillo Udiarte (compilador), Aquella noche el mar… Poemas de las costas bajacalifornianas. Instituto de Cultura de Baja California, Mexicali, BC, 2009, 70 pp.

Autores reunidos, tal como aparecen en el índice: Luis Martínez Díaz. Miguel de Anda Jacobsen, Eliseo Quiñones, Gloria Ortiz, José Luis Vasconcelos, Gabriel Moreno Lozano, Esalí, Juan Martínez, Horacio Enrique Nansen, Rubén Vizcaíno Valencia, Elizabeth Cazessús, Francisco Morales, Jesús Antonio Villa, Benito Gámez, Delia Valdivia, Òscar Hernández, Tomás Di Bella, Enrique Trejo, Peggy Bonilla, Lauro Acevedo, Luis Cortés Bargalló, Flora Calderón, Juan Antonio Di Bella, Alejandra Rioseco, José Javier Villarreal, Omar Pimienta, Toño Valenzuela, Claudia Peralta Vega, Alfonso García Cortez, Heriberto Vizcarra, Rael, Adriana Sing, Jorge Ortega, Alejandro Sánchez Uriarte, Selene García, Raúl Acevedo Savín, Gabriel Trujillo, Dolores Bolívar.

 



[i] "Habitan sobre todo en las localidades Cucapá Mestizo y Cucapá El Mayor, en el municipio de Mexicali, Baja California, y en Pozas de Arvizu y la cabecera municipal de San Luis Río Colorado en el estado de Sonora; mientras que sus parientes cocopah viven sobre todo en Somerton, Arizona, en Estados Unidos". (http://atlas.inpi.gob.mx/cucapa-etnografia/)


lunes, 4 de octubre de 2021

Desobediencia y corbatas. Por Agustín García Delgado

 


https://eleka.com.mx/blog/post/cuando-se-invento-la-corbata.html/


Casi nunca uso corbata. En reuniones y fiestas formales, siempre me excuso: “no tengo el color adecuado”, “me ataca una sensación de ahogo cuando me la pongo”, “no sé anudarla correctamente”. Cualquier pretexto. O digo francamente que soy enemigo de esa prenda inútil. En las bodas y quinceañeras, luego de cruzar la entrada del salón, me la quito y la convierto en un ovillo, bulto inútil y estorboso en el bolso de la pareja que me acompaña en ese momento. He llegado a depositar una corbata en el cesto de basura, entre platos desechables con restos de comida y pastel.

Para mi intimidad, afirmo con más franqueza: la corbata no es inútil; la moda tiene sus motivos y valores. Sólo que, en el caso de ésta y otras prendas, mi rebeldía se debe a motivos que me conminan a la desobediencia. Hoy hablaré de la corbata, no de mi dilección por los huaraches y las camisetas lisas, oscuras, sin marca de fábrica visible. Me interesa dejar claro esto: no entiendo la rebeldía como una actitud gratuita, la rebeldía sin causa profunda y explicable me resulta más absurda que la permanencia de las monarquías en el mundo.

Mi rechazo a las corbatas tiene una causa histórica: cuando me iba a graduar de la escuela primaria, hace cincuenta años, mi madre me acompañó a buscar una corbata prestada. Era invierno y caminamos hacia la casa de mi tía Julia (que en paz descanse). Habíamos de subir una loma nevada y mi madre resbaló, cayendo sobre sus rodillas sobre el suelo endurecido por el hielo. Tuvo que apoyarse en mí para llegar a donde íbamos: una rótula se le había partido en dos, como frágil oblea. Mi primo, quien hoy también descansa en paz, sabía un poco de primeros auxilios y le entablilló la pierna. Mi madre acabó en el hospital y su rodilla la molestó dolorosamente toda la vida, hasta hoy. Todo por una infame corbata que nos exigían en la escuela para poder graduarnos. Unos minutos de lucimiento a cambio de medio siglo de cojeras.

Ya está claro el motivo de mi rebeldía, que fue a veces radical. Una jefa oficinesca me pidió usar traje y corbata. Incluso amenazó con despedirme si no acataba su exigencia. No la acaté ni me despidió, pero mi relación con ella se agrió un poco desde entonces. Tal vez por ello no accedí a las promociones de trabajo disponibles. Mi justificación inmediata fue que, siendo mi actividad una donde tenía muy escaso trato con personas ajenas al mismo ámbito cerrado de la oficina, no necesitaba presentación formal de tal importancia que necesitara traje ni corbata. La razón profunda ya quedó explicada.

Al paso de los años, mi rechazo a la corbata ya no es rencorosa. La considero una prenda necesaria como accesorio, como adorno, pero no me gusta y me parece incómoda. Más antigua que mi rechazo, su existencia histórica es de enorme tradición, como todos los hechos y anécdotas de la moda. Así lo atestiguan múltiples tratados.

La corbata es también una marca de clase social, de estatus. Cuando a los pobres se nos impone su uso, lo aceptamos como imitación de un estado al que deseamos acceder o al que rendimos un respeto cierto o fingido. Sería muy torpe suponer que la prenda será suprimida por la simple comprensión de su absurdidad práctica. La moda no funciona así. Esta prenda sufrirá, como ha sufrido a través de los siglos, modificaciones y adaptaciones. Si llega a desaparecer, no será de súbito ni para siempre.

Admito que a veces (muy pocas) me parece un bello adorno, siempre que no esté alrededor de mi cuello. A las mujeres les va maravillosa, cuando es bien llevada. Incluso si sólo llevan eso encima. Así que, ya se ve, no soy tan enemigo de la prenda.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Una novela de Conan Doyle. Por Agustín García Delgado

 


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Leí hace poco El valle del miedo, de Arthur Conan Doyle. Interesante libro, por varias razones: la primera, que se trata de dos novelas en una. La inicial incluye al agudísimo detective Sherlock Holmes y a su paciente cronista, el doctor Watson. Otra historia constituye la segunda parte; en esta no aparece ninguno de los dos amigos. Sir Arthur conecta magistralmente ambas historias (no es cuestión aquí de resumirlas). En rigor, son dos relatos independientes, uno de ellos es un caso detectivesco; el otro, la precuela, podríamos llamarlo así. Otro detalle interesante: en el caso de la primera narración se menciona fugazmente al profesor Moriarty, único némesis digno de Holmes, pero no aparece el personaje en el relato. Luego, al final de la segunda parte, Moriarty vuelve a ser nombrado como seguro participante en un asesinato irresuelto.

Un aspecto no menor es el que la segunda parte —en realidad podría ser la primera, pues es una especie de flashback—, que ocurre en Estados Unidos, involucra tanto a una logia masónica como a la famosa agencia de investigaciones Pinkerton, tematizada también por Dashiel Hammet en sus novelas. Y algo hay de pintura del mundo laboral minero y el bandidaje que floreció en medios rurales americanos del siglo XIX; a ratos me parecía estar leyendo Los bandidos del río Frío o algo por el estilo. Insistiré en la prosa deliciosa ——con algunas pinceladas de naturalismo en esta segunda parte—, que no escatima detalle ni se excede en ellos, de sir Arthur. Algo más: la novela donde Holmes no es el héroe resulta más emocionante que la otra (I’m sorry, Sherlock).

Las situaciones narradas en ambos libros (o las dos partes de El valle del miedo) bastarían para sostener el interés de un lector durante sus 158 páginas (Fontamara, Barcelona, 1982; traducción: Francisco Cusó). Pero, no obstante los posibles tropiezos de la traducción, es notoria la maestría prosística del escritor inglés: basta su estilo, su manera de retratar personajes y describir situaciones, lugares y emociones para que uno disfrute la lectura, línea por línea, hasta el final.

Debo decir que, antes, nunca leí con tal atención un texto de sir Arthur. Este me atrapó de tal modo que no pude abandonarlo sino hasta dar vuelta a su página final en tres o cuatro días, un tiempo inusual en mí desde que cumplí los 50. En resumidas cuentas, lo recomiendo y me recomiendo a mí mismo seguir leyendo las aventuras, sherlockianas o no, legadas por el insigne literato inglés.


lunes, 30 de agosto de 2021

Morada temporal. Por Agustín García


 

 https://eduardoalbarracinsarmiento.blogspot.com/2018/04/25-inspirador-mapamundi-redondo.html


El mundo es una fracción del Universo. Según la fuerza y limitaciones del hombre, la parte no es menor al todo, pues con frecuencia utilizamos la palabra Universo como sinónimo del mundo, cuyo conocimiento íntegro no logramos abarcar. Ni lo haremos jamás: la ignorancia supera al saber; los límites, a las capacidades. El conocimiento acumulado ayer, en otro siglo se perderá y habremos de empezar de nuevo a buscarlo.

            La dimensión del Universo es a tal grado inmensurable que nadie se atrevería al ridículo de llamarlo su propiedad. En este mundo de posesiones privadas, nadie es en realidad dueño del planeta. Ni siquiera de una “patria”. Quien dice “mi patria” se embrolla en una mentira involuntaria: trate de entrar sin aviso, sin permiso, a cualquier casa que no sea la suya en esa patria. Será expulsado de buena o de peor manera.  Y el dueño de una casa, de una tierra extensa, no debería llamarla “propiedad privada”, sino “posesión temporal”. Desde luego, ninguna persona sigue siendo dueña de cosa alguna cuando deja de existir.

            Un ciudadano que reclama al inmigrante por la supuesta invasión de su país, no hace más que engañarse: universo, mundo, patria o ciudad no son míos. Incluso la casa que habitamos puede no ser nuestra, y si lo es, no pasa de ser morada efímera. Siempre estamos encima de una porción de suelo (o de agua, o de aire). Al caminar o viajar, el espacio ocupado es nuestra morada, una posesión momentánea.

            Las anteriores reflexiones no tienen que ver con ideas capitalistas o socialistas: ambas ideologías especulan sobre lo mismo, la ilusión de propiedad sobre las cosas materiales. La realidad es que todo territorio de natural riqueza sobre esta Tierra (agua, suelo fértil, petróleo, buen clima) ha sido históricamente blanco de codicia humana. Su “propiedad” pasa alternativamente a manos del pueblo más bien armado o más abusón. A eso se debe que haya naciones dominantes y dominadas. A eso, principalmente, se han debido siempre las guerras.

            Hoy, si un Estado poderoso invade a otro menos fuerte, tendrá el pretexto publicitario perfecto e invencible: es para llevarles una mejor vida a esos pueblos débiles, poco inteligentes, enfermos de corrupción y maldad. Si, en cambio, un grupo de migrantes busca mejorar su vida en territorio de un Estado “próspero”, ese grupo será llamado “invasor”, “horda de maleantes”, “terroristas”, etcétera. Los migrantes serán siempre los malos; el país que los acepta o rechaza será el bueno. ¿Por qué? Porque hay claras marcas de propiedad privada, llamadas fronteras, y que cambian según la correlación de fuerzas en cada momento histórico, es decir, según quién haya vencido en las recientes guerras que demarcaron las líneas de lo tuyo y lo mío.

            Las fronteras son temporales, por mucho que duren; el discurso que en política define al bueno y al malo también es transitorio y se adapta al tamaño de las fuerzas que lo enuncian y manipulan.