domingo, 24 de mayo de 2020

Muerte y vida


Gabriel García Márquez declaró, en una entrevista, que la muerte es injusta.
   Mentira: injusta es la idea que nos plantan de una vida permanente. La muerte es el precio que pagamos para que siga habiendo vida. Si no muriésemos, no podríamos multiplicarnos. Además del error de creer cuentos absurdos como que la vida es duradera,  que la vejez es una enfermedad y el progreso puede extenderse hasta el infinito, caemos en la estupidez de proliferar sin mesura. Ahora pagamos consecuencias y el futuro se avizora más difícil.
   No sería muy descabellado tratar de convencer al mundo de esta verdad simple: nuestros mayores problemas provienen del exceso de humanos. Esta demografía desatada, me parece, viene de la misma raíz que la codicia: más hijos, más propiedades, más amantes; esto es lo que cada humano ambiciona. El costo, según se ven las tendencias, será la extinción lenta y dolorosa de la especie.
   La vida es un regalo maravilloso, tan grande, que siento pena por los que no han nacido ni llegarán a gozar de esta riqueza, la de estar vivos. Pero no sé qué sea peor: la ignorancia de quienes no nacerán o nuestra conciencia del alto precio que pagamos por dicha tan breve.
   Recuerdo estos versos del venezolano Miguel Otero Silva:

            “Mientras los niños mueran
            yo no logro entender la misión de la muerte”.
            (Tres variaciones alrededor de la muerte)

La misión de la muerte es barrer de la calle lo bueno y lo malo, lo perverso y lo puro. La misión de la vida es traernos de nuevo lo mismo: lo extraordinario junto a lo insulso, la codicia y la generosidad, lo ajeno y lo propio. Una y otra misiones completan algún mandato supremo de no imposible comprensión.

jueves, 30 de abril de 2020

Para divertirse un poco...


Carta en que digo adiós a una mujer que me abandona

Querida: qué va a ser de ti sin mí.
Claro, tienes todo el derecho de ejercer la crueldad de abandonarme, huir de mi vida como si fuera yo un supermercado de puerta giratoria. Como entras, sales. Ya sé, me lo has dicho: más bien soy un mercadito escaso, tiendita abarrotera de un barrio pobre, sin mucha variedad o novedades que ofrecer. Quizá por eso te aburriste de mi persona. Sí, pero de esas tienditas ya quedan muy pocas. Tenías esta rara avis a tu disposición y bien lo sabes.
            Todavía no sé de dónde tomas el valor para dejarme solo. Bueno, más bien me pediste que te dejara sola, que me fuera a buscar donde vivir, pero es lo mismo, aunque no es igual.
            Qué será de ti sin mí, te lo repito. Te quedas con mi biblioteca, te asiste el derecho, según me demostraste con argumentos invencibles. Bueno, pero pierdes esos momentos de paz cuando, sabiendo que yo leía en un sillón, tú te dedicabas a cualquier cosa de tu gusto. Decorar y limpiar la casa sin que nadie criticara tus curiosas ideas estéticas ni cuestionara si el acomodo de los muebles era el adecuado. Sé que mi presencia te daba seguridad para ser tú misma, proyectaba paz sobre el ambiente de la casa y se notaba en tu sonrisa, cada vez que, trajinando, pasabas junto a mí, que levantaba sonriente los pies para que pasaras la escoba, sin molestarme por la interrupción.
            Pierdes mucho con mi ausencia, como descubrirás con el tiempo y espero que, pensándolo de nuevo, reviertas tu dictamen cruel. Cuando veas el clavo en la pared donde colgaba mi guitarra, recordarás esos momentos de música y canciones, cierto que no de un artista profesional, pero interpretadas con mucho sentimiento. Hasta tu fastidio por el ruido, porque gracias a mí no podías escuchar tu película en la televisión, hasta eso, te digo, vas a extrañarlo. ¿A quién regañarás ahora? ¿Dónde encontrarás esos detalles de dificultad que daban a tu vida condimento?
            Será difícil para ti vivir sin mí. Cierto que no tengo mis libros, mi sillón, y tendré que buscar un techo que me cubra. Claro, la casa siempre fue tuya, y ahora la tendrás toda para ti sola, pero no serás dichosa mientras recuerdes que yo busco algún rincón donde dormir. A solas, sin tu cuerpo. Pero, sin mí, serás tú quien más sufra.
            Como dice la canción, “¿Quién dará a tu techo color y a tu lecho calor?”. Ya sé, ya sé: cuando escuchabas esa letra decías que era absurda, porque la respuesta es obvia: otra pintura, otra calidez, otra calidad de hombre. Sin embargo, no lo creo. No estarás mejor sin mí y espero que recapacites. Yo esperaré tu arrepentimiento, pero no creas que para siempre.
            Escribo esta carta que dejaré en tu buzón, ya que me negarás la entrada en tu casa y en tu vida, para ayudarte a cambiar tu decisión. Volveré a revisar, en el mismo lugar, por si me dejas tu respuesta. Si mis consejos te ayudan y me ruegas volver, encontraré tu carta perfumada y esta sola palabra: “Vuelve conmigo, amor”. Bueno, tal vez muchas palabras suplicantes. Si, en cambio, encuentro el sobre sin abrir, roto en pedazos (como supongo que sucederá porque conozco tu carácter), me pondré triste. Qué será de ti sin mí.



viernes, 24 de abril de 2020

Mi homenaje a los y las trabajadores de la salud

Ángeles con uniforme blanco, azul

Hay quien unta sangre al marco de su puerta
no sea que la muerte quiera entrar.
Mientras tanto, ángeles con uniforme blanco, azul,
armados con ese tirapiedras que se llama ciencia,
con escobas, también, y compasión
por los enfermos, aguardan
donde saben que la muerte ha de llegar.
Limpian camas de hospital, aplazan el final
hasta donde pueden amor y medicina.

Yo pondré en el árbol una cinta blanca:
es mi forma de aplaudir a nuestros ángeles
que van armados de una ciencia minusválida
y una vocación suprema.

En la calle hay peligro, además de los contagios:
ese lado imbécil de la gente
que ve amenazas donde está su alivio.
Gente que escupe al cielo, que golpea
contra su propio escudo.

Yo pondré una cinta blanca en la ventana.
Que cuando pase una enfermera, un intendente,
un médico que se descuida por cuidarme,
vea que hay un corazón agradecido.

En lugar de tinta roja o sangre en el dintel,
un listón blanco.

domingo, 19 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (28)

Amigos y amigas que en la paz se guardan de la buena convivencia:
            Les comparto las fatigas de mis andanzas confinadas durante las últimas 48 horas y entre cuatro paredes estrechas. Nada hice, si no fue abordar un cuentecito de E. A. Poe. Un cuentico, me dije, qué tanto es. Está en su idioma original, que no es el mío, pero qué tanto es poquito, dicen los decires. La extensión es lo de menos: ese canijo de Edgar, ¿era cuentista, filósofo o ensayista? Una larguísima disertación sobre las diferencias entre cálculo y análisis, el método deductivo, las habilidades mentales de su roommate (del narrador, no de Edgar) Alphonse Dupin, quien es además el brillantísimo detective que resuelve el difícil caso presentado en este cuento, The murders in the rue Morgue. Varias de las 35 páginas de apretado texto se dedican a digresiones que no sé si son indispensables para conocer la historia propiamente dicha, el crimen cuya solución representa un insoluble enigma para la policía. Es un sacrilegio lo que estoy diciendo, motivado tal vez por mi torpeza como lector del inglés peculiar de Mister Poe. Lo cierto es que este relato, calificado por algunos como la primera narración detectivesca, mantiene al lector en una tensa incertidumbre, lo lleva de la intriga al horror y luego lo trae por el camino placentero del descubrimiento, mediante un ejercicio intelectual minucioso, del enigma resuelto. Más horas de las que me creí capaz de emplear en la lectura me robó este magnífico trabajo. No me arrepiento, aunque me duele.
            Pero un cuentico de 35 páginas en un idioma casi desconocido no sería pretexto suficiente para abandonar a ustedes y dejarles descansar de mis discursos que poca o ninguna novedad ofrecen. Ni lo piensen, no me fue tan fácil despegarme del asiento que ya me estaba causando dolorcillos poco más que molestos en los huesos que generalmente están forrados de los músculos destinados a sentarse con cierta comodidad. Resulta que para continuar con una tarea encargada por cierto amigo querido y chilango, me fue preciso documentarme por vía de leerme una novelilla, esta sí en mi idioma, y que a simple vista me parecía cualquier cosa. Una novelica, me dije, ¿qué tanto es eso? Y ahí me llevas, a conocer de cabo a rabo, de pe a pa, la novelita de doña Agatha Christie. En inglés, el texto se llama Ten little niggers, mismamente como una canción infantil muy conocida a finales del siglo XIX y principios del XX en Inglaterra y supongo que también en Estados Unidos. Pues pasó un día. Leí durante varias horas de ese día el epílogo y otra parte final de la novela, donde conocí la trama total sin falta de leerme lo demás. Pero me puse a hojear las primeras páginas, por si acaso encontraba cosas de interés. ¡Que si las hay! Esa mujer era un genio y cada línea de lo que escribió, al menos en lo que llevo leído de sus ochenta o más obras, logra mantener el interés de uno al grado que no puede dejar de navegar por sus páginas para ver qué sigue, quién más morirá y de qué modo. Total, seguí, seguí, seguí… A los tres días, agotado (porque a los sesenta y un años uno se agota de leer durante tres días, muchas horas cada vez) di cuenta de esa nada pequeña novela. Me releí el epílogo y “Documento manuscrito enviado por el capitán del pesquero Emma Jane a Scotland Yard”. No podía dejar de hacerlo porque había olvidado quién era el asesino y porque esa relectura, con fatiga y todo, es inmensamente placentera. También es agotador porque el libro lo mantiene a uno en tensión, intrigado, y la emoción intensa sostenida por mucho tiempo es capaz de producir fatiga. Créanme. El placer también agota.
            En fin, amigos y amigas, ya saben por qué me retiré un poco de la buena costumbre epistolar. Ahora vuelvo con ustedes, así sea tan sólo para explicar por qué no he regresado.

            Abrazos desde la sana distancia (que no sea tan distante que se vuelva insana soledad),

jueves, 16 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (27)

Mujeres y hombres de toda orientación (política, religiosa, ideológica, etc.):
           La cuarentena puede ser benéfica si te pones creativo (o creativa). Ejercitas tu cuerpo, ejercitas la mente, ejercitas la paciencia de vivir con alguien minuto a minuto. Yo, para no batallar, busco mi rincón de lectura. Si el tiempo está bueno, me voy a la sombra de un árbol con limones y flores colgando, abejas volando, insectos de todas las formas que caen sobre el libro y me dan compañía. Pienso en Darwin: ¿habrá clasificado este mínimo arácnido color verde? No lo he visto en ningún catálogo entomológico o aráñico. Será que no tengo ninguno y los que alguna vez pude hojear en bibliotecas no son exhaustivos.
           Lo malo de tener esta oportunidad creativa es que también se piensa. Yo pienso mucho. Quizá es un privilegio de los perezosos. Pero qué va, cuál privilegio, más bien es una enfermedad. Puede provocar graves rupturas, llevarnos a tomar decisiones que voltean el mundo (el de uno mismo) de cabeza. Por ejemplo, tengo días pensando en el tema del feminismo. No es un tema, sino muchos; no una teoría, sino varias; no un problema importante para ser analizado, discutido, valorado, sino una pila de problemas. Mayor problema sería, mayúsculo, ignorar su importancia y callar nuestras opiniones. El diálogo construye.
            Ayer, por ejemplo, le dije a mi mujer:
            --Vieja, hay algo que quisiera platicar contigo.
            ­­--Ora qué traes, viejo –contestó sin muchas ganas de oír otro de mis monólogos “profundos”.
       --Es sobre el asunto ese del feminismo. Creo que debemos adoptar las cosas buenas que proponen las voceras más inteligentes del movimiento. Tú sabes que te respeto…
            --Y pobre de ti si no.
            --Que soy bien apoyador en los quehaceres de la casa.
            --Ay, pues ni modo que no ayudes, si también tú vives aquí.
          --Sí, pero tenemos más de medio siglo viviendo en el planeta, casi un tercio de siglo de estar juntos. Traemos costumbres y modelos de convivencia muy añejos. Cómo quitarnos la idea de que hay tareas femeninas y tareas masculinas. El hombre es como el león y la mujer como paloma.
           --¡Ja, ja, ja! Pues hazme enojar y verás cómo yo soy la leona.
           --Ya sé, pero es un sentido figurado. El hombre y la mujer tienen capacidades diferentes. Tú no mezclarás cemento ni yeso para reparar la casa.
           --¿Y a poco tú sí? Siempre tengo que contratar un albañil.
        --Ahora sí, porque ya no tengo edad para ciertas cosas, porque me dedico a cosas culturales. Pero cuando estuve más joven…
          --Pues de algún modo te escapas del trabajo pesado. Se vale, no te lo reprocho.
       --Cuando necesitas algo del supermercado, es más, cuando se terminan tus cigarros, siempre cuentas conmigo para salir de compras. Yo soy un caminador de largas distancias y me parece que cumplo con trabajos físicos, de hombre.
         --¿De macho, quieres decir? Lo que pasa es que somos distintos. Si a mí me gustara caminar y a ti quedarte en casa viendo televisión, yo iría por tu cerveza, sin problema. Eso no es femenino ni masculino. Son los modos de ser de cada quien.
        --Sí, tal vez, pero no ha de ser casualidad que lo rudo nos toca a los hombres casi siempre. Digo, en el caso de nosotros los viejos, ese modo de organizar la vida en casa es bien añejo, no ha cambiado mucho. Y eso de las mujeres mandonas, que las hay, no es nuevo. En mi familia materna, desde mi abuela para acá siempre han mandado las mujeres dentro de la casa. Nunca ha sido un problema para los machos, porque será mandonas, pero también tiernas y buenas.
       --En mis tiempos les decían machos a los mulos. En el reino equino, hay mulas y machos. No entre los humanos.
       --Está bien, está bien, pero admitirás que tenemos roles tradicionales, misiones diferentes que, por cierto, no se pelean con las ideas feministas. No con las que yo acepto y ambos hemos adoptado. ¿Cierto, o no?
      --Bueno, viejo, ya se está haciendo noche. Toma tu delantal (el de macho, claro está) y lava los trastos. Hoy te toca a ti.
      De esta manera zanjó mi esposa el coloquio sobre feminismo –mi soliloquio, diría ella. Sospecho que no le interesaban tanto los trastos, sino dejar de escucharme. Esa impaciencia no me parece una virtud femenina, por cierto. Pienso que ella debería cambiar.

miércoles, 15 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (26)

Buen arraigo, amigos y amigas:
            Este día en el patio, bajo la sombra de un limonero, admiraba la fronda tupida. Hojas y pinchos, más que flores y frutos. Para estos últimos no es tiempo todavía de cundir (ni de nacer, casi). Las primeras fueron diezmadas por los aironazos juarenses de marzo y lo que va de abril, además de que muchas de ellas cumplieron su ciclo y están secándose, convertidas en esferitas verdes que, con fortuna, estarán pronto colmadas de jugo.
            Tratando de encontrar esos frutos que todavía no lo son, me sorprendió ver que dispersos aquí y allá por la enorme copa del árbol, penden unos cuantos limoncitos, casi frutos propiamente dichos, de uno a dos centímetros de diámetro (tal vez, no saqué mi flexómetro). La sorpresa se debió a mi desmemoria, y nada más: siempre estoy vigilando el crecimiento, los brotes, la maduración de mis dos únicos árboles (frente al limonero crece una higuera); ya sabía yo que aún en invierno aparece una que otra flor, de las que muy pocas logran dejar prendido un frutillo que para estas fechas presenta un aspecto como el de la fotografía que aquí les comparto.


Pues bien, en el sopor de la contemplación, del arrobo ante la vida y sus recursos con que se preserva y supera adversidades, empecé a charlar con esas criaturas vegetales que ven ahora ustedes. No es algo tan raro, luego de que Vicente Fernández ha platicado con su gallo de pelea y ha coqueteado con la mismísima calaca. Así yo con los entes verdosos, quienes oyeron este discurso sentido.
            “Mis bellos milagros de Natura, gozan hoy de mis cuidados más que nunca, gracias a un terrible virus que pretende coronarse como el rey de la tierra entera. Está mucha gente sitiada en los muros de sus propias casas (es un decir lo de propias, no todas las casas lo son), sin poder salir a las fiestas de siempre, al trabajo, a la calle para, por lo menos, hacer la caminata de todas las tardes. Nos vence un opresor microscópico y, sin que sepamos cómo, también nos está empobreciendo. Más de lo que siempre hemos estado. Sin embargo, amados pomitos de zumo deleitable y agrio, lanzo al tirano un reto, un ultimátum: cuando estos vegetales infantes maduren, y su piel aromosa y brillante se tiña de ámbar, de oro, ya debes estar de regreso a tu jaula, reyzuelo viroso, y nosotros iremos de nuevo a la vida, a la calle, al trabajo. Eficaces vacunas entrarán por la piel de los brazos de todos. Volveremos a las otras violencias, las guerras; a querernos como antes y a odiarnos; los ricos volverán a tener sus ganancias, los pobres tal vez olvidemos por fin la miseria de la cruel pandemia. Y otra vez reiremos, cómo que no, recordando el azote de un bicho, un déspota oculto que una vez intentó destronar del dominio mundial al humano”.
            Dije así, y me pareció ver cómo temblaban un poco los niños limones, por pura emoción. No sé si a lo lejos (si acaso está lejos) el causante de tanta locura y temor ha temblado, también, con el espanto de su próximo fin.

martes, 14 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (25)

Hermanos en la gracia de la resistencia:
Hoy sí he sentido la necesidad, la falta de una voz que censure mis actos nocivos. Me hago el propósito, me doy la orden mental de completar las tareas del día y, ocasionalmente, la enemiga pereza despierta a mi lado, me pone encima su brazo cargante y tibio a la vez que murmura: “Quédate aquí, para qué te levantas, no tienes patrones, no hay quien te ordene”. El cántico aturde y aduerme y las horas se pasan pensando. Pensando en nada, por no fatigar al cerebro.
Cuando tal cosa sucede, el mediodía me recibe con el ceño fruncido, como llegar al aula, en la Universidad, cuando faltan unos minutos para terminar la clase. Los compañeros y el profesor, sin decir nada al retardado, dicen con los ojos: “Ya para qué”. Ya para que te levantas y estorbas al flujo del día. Mejor quédate en tu sueño, en tu noche larga. Por qué mejor no te quedas afuera, piensan los compañeros de escuela.
No es lo peor la vergüenza de haber despertado tan tarde, sino ver que no alcanza ya el tiempo para todas las actividades que, de no hacerse sin falta y a diario, se van aplazando y son causa de más atriciones. El ánimo entonces se encierra, se vuelve más flojo, y el ciclo se vuelve una amarga costumbre.
El diantre regañón me increpa: “Tu lindo programa imposible: lectura, ejercicio, guitarra, escritura, los nuevos idiomas, componer lo roto en la casa: imposible cumplir tantas cosas. Toma tres y sin falta comienza y no pauses el ritmo”.
Y sí, falta gestión de mi tiempo, itinerar por escrito, por hora y minuto. Cuando tenga el acierto de urdir un proyecto en papel, bien armado, con dos o tres obras que puedan cabalmente hacerse, sabré con certeza por qué levantarme. Lanzaré por la borda a la tibia enemiga y serán productivos mis días.
Estaré jubiloso de hacer lo que debo y deseo.


lunes, 13 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (24)

Queridas y queridos en el antibullicio de la encerrona:
Ayer me guardé en el silencio y, si alguien se siente agradecido por ello, no será un auditorio inexistente, sino yo y sólo yo.
Ahora mismo, parecería que escribo un mensaje para guardarlo en una botella y lanzarla al mar. ¿Cuál mar? El mar de arena que me rodea. Arena sin olas, sin corrientes que se lleven los mensajes a otra orilla donde alguien los recoja, mire las letras por encima y los vuelva a lanzar sobre las dunas de agua, las olas de arena, las mareas de olvido.
Parecería que escribo mensajes pero, como demostraré ahora mismo, lo que hago es mirar con los ojos y con los oídos bien abiertos a la pianista Alice Sara Ott, que interpreta el Concierto para piano No 3, de Beethoven, acompañada por la Orchestre philharmonique de Radio France. Qué falso es lenguaje, que incapaz: dije “interpreta” pero esa pianista vive, sufre, se exprime el alma como exprimimos la ropa mojada. Un acto artístico es un drama. No un performance, sino un drama vivo, una peripecia de la vida. O, más sencillamente, un acto de arte es un acto de vida. Así escribir un poema, un cuento, una novela, leer un poema, pintar un cuadro, tomar una fotografía, cantar, diseñar un edificio, crear el universo llamado película.
Alice Sara Ott se comunica visualmente con los músicos de la orquesta, con el director; sonríe para ellos confirmando el entendimiento idiomático de la música. Yo que estoy tan lejos (no puedo tocar la madera del piano, no me atrevería a distraer a la pianista), soy de pronto el espacio entre cada martillito que golpea las cuerdas del piano, la resonancia de ese golpe. Aunque. la verdad, quisiera ser esa lámina invisible de viento, de amor, entre los dedos de Alice y las teclas. Las teclas negras, que se tocan con menos frecuencia (o eso creo). Ella toca con tal emoción que a veces parece que va a caer de su banco. La sostiene, no lo dudo, la embriaguez de las notas que frenéticas desfilan como elíxir mágico en el ambiente.
Me apena ser tan mal tomador. Un poco de licor, por decir, un par de onzas, me ponen en tal estado que cerrarían mis ojos el sueño. Dirán, ¿y qué importa? Dormir cuando lo pida el cuerpo es bueno. Pero, ¡oh, paradoja! Con toda mi proverbial pereza, nada me aterra más que no hacer nada. Dormir y descansar me parecen equivalencias de no hacer nada. Nada es soñar. Nada, meditar. Ahora, pues, me digo que escribo este mensaje para nadie, este mensaje que no viaja, mientras viajo en las olas de la música. Enfrente de mi computadora, aplaudo tanto como ese público de no sé qué día, qué lugar del mundo.
Sólo pido que no, que Alice nunca deje de tocar.

sábado, 11 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (23)

Amigos y amigas que se guardan en un rinconcito del mundo:
A veces me da por soñar despierto. Hoy estuve soñando que el nuevo coronavirus infectaba a todos los malvados del mundo, a pesar del precio que pagamos con mucha gente buena que se enferma. Niños y ancianos y hasta jóvenes. Soñé que el virus tenía esa misión, la de barrer con tanta podredumbre espiritual.
Hay gente que por unas monedas (pocas, muchas, siguen siendo como treinta) salen a la calle sin pensar en riesgos de contagio. Deben de sentirse invulnerables, y cuando vuelven a sus casas hay una o varias personas menos viviendo en el planeta. Sueño, pues, que no regresan ellos y al otro día no hay noticias de otro asesinato, de un secuestro, de una mujer o un hombre menos caminando por la tierra. Sueño que hay un viento viral que se lleva el odio. Es más, hasta sueño que los gobernantes dejan de ambicionar el poder y los beneficio$ que les traen los cargos públicos: todo gracias a la sacudida que nos está dando la pandemia, que será un estremecimiento a la conciencia y nos hará convivir humanamente…
Despierto de mi sueño y enciendo la TV. El noticiero me despierta del todo: sigue el virus invadiendo cuerpos sociales y cuerpos de carne y hueso. Pero nada dicen de que una escoba gigantesca haya barrido la basura del mundo, la basura espiritual, el odio y la codicia que empuercan calles y corazones.
Apago el aparato pesimista. Me voy a soñar de nuevo mientras ejercito un poco mis huesos y medito. También la mente se ejercita. Y respiro. También el aire da salud a los pulmones y a la sangre. Y me río un poco. La risa es curativa. El humor nos permite soportar la adversidad. Cuál adversidad: es sólo una tormenta y nos guarecemos mientras pasa. El virus no barre nada, ni nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros. Pasarán varias semanas, pero saldremos a disfrutar el aire libre, a recoger las cosas rotas, a componer la red de nuestras vidas.

            Abrazo para todas y todos!

viernes, 10 de abril de 2020

Qué hacer durante una reclusión voluntaria (22)


Hola, estimados encuevados y encuevadas.
            No olvidemos que, por duro que sea el distanciamiento, va a pasar. Uno, dos, tres meses a lo máximo. Quienes tenemos la oportunidad de quedarnos en casa, como nosotros los jubilados, cuidamos a los demás si nos mantenemos guardados.
            Ojalá pudiera decir: hoy toca divertirse, en lugar de intentar un tema serio para el que no tengo conocimientos ni seriedad suficientes.
            En las entrevistas que los reporteros de TV hacen a la gente que, a pesar de la pandemia, siguen visitando el centro de la ciudad o hacinándose en fiestas masivas como si no pasara nada, escuchamos declaraciones asombrosas. Algunos llegan a negar la urgencia de las medidas preventivas; otros se atreven a decir: “¿Y qué, si de algo nos vamos a morir”?; otros aluden al poder divino: “Yo no temo, porque mi vida está en manos del Todopoderoso y porque vendrán más plagas”. Hay una actitud, en esas personas que serán quizá quienes primero protesten cuando no se les pueda atender por falta de camas y de insumos médicos, hasta cierto punto comprensible, aunque no justificable ni válido. Es cierto que, a fin de cuentas, de algo moriremos cuando llegue el momento; es cierto que, eventualmente, aparecerán otras plagas y epidemias en el mundo; es cierto que podemos encomendarnos a la divinidad en que creamos. Sin embargo, no hacer nada cuando la comunidad está en problemas es una actitud criminal. Si el río va crecido, por ejemplo, debo contener mis intenciones de cruzarlo. También debo advertir a otros para que no crucen, detener a mis hijos y a mis abuelos para que no se arriesguen porque ignoran el peligro. Si no los detengo, es como si los asesinara.
            Habrá quienes lleguen incluso a negar la existencia de la pandemia o su gravedad. Tal vez sean los mismos que negaban la realidad del derrumbe de las Torres Gemelas en el 9-11 norteamericano. Una de las declaraciones conspirafóbicas aseguraba que los aviones que vimos colisionar contra los edificios no eran reales, sino proyecciones holográficas. No sé cómo explicarán el vacío que hay ahora en la llamada Zona Cero. O son como los que afirman que la Tierra es plana.
            Pero qué tal si el nuevo coronavirus también es un holograma. Imaginen ustedes que toda esta situación sea un montaje, creado para justificar la ya deteriorada economía de muchos países. Imaginemos, sólo para reírnos un poco de los conspirafóbicos, sin que neguemos la existencia de algunas conspiraciones; imaginemos que las noticias oficiales son prefabricadas y falsas; que cuando aparecen médicos y enfermeros haciendo declaraciones ante la prensa y la TV, estamos viendo actores pagados para causar temor; y los familiares de personas fallecidas también son muy buenos actores que fingen su dolor…
No, amigos, me niego a empatizar con quienes no advierten lo que está a la vista, quienes no sienten la lumbre que ya les llega a las pantorrillas. Puedo tratar de entenderlos, pero no lo consigo del todo, a menos que recuerde: así es y ha sido el mundo desde inmemoriales tiempos. Las reacciones de quienes no colaboran cuando pueden hacerlo (empresarios o población general), con la mitigación de esta crisis, ya estaban contempladas por aquellos que deben tomar el toro por los cuernos en cada país: los ministros, secretarios o funcionarios principales de salud. Ellos recibirán y reciben todas las críticas cuando el problema se agrave. Ellos tienen que dar la cara y explicar una, mil veces las medidas necesarias para salir de esto lo mejor librados posible. Por eso hay proyección y predicción de fases, medidas anticipadamente preparadas, etc. Ellos, y todo el sistema de salud con sus personas: médicos, enfermeras y enfermeros, todos los auxiliares y especialistas del sistema corren el riesgo de equivocarse de ser atacados, de contagiarse y morir. Pero son los responsables, por azar o por decisión propia, de afrontar la crisis.
La verdad, sí quisiera, con el alma, que todo esto fuera un cuento. Después de unos meses, el cuento tan largo y triste llegará a su página final. Tendremos lágrimas por lo trágico del relato y tendremos una sonrisa porque, como siempre, los cuentos llegan a su fin, sea triste o no. Lo feliz será el hecho de que terminó. Tornaremos entonces a reconstruir nuestras redes familiares, de amistades; una nueva forma de relacionarnos en mutuo beneficio: todos dependemos de todos y así nos daremos apoyo y cariño. ¿Verdad que sí?

Abrazos!