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jueves, 15 de octubre de 2020

El sobrino de Cornelio Reyna. Por Jesús Chávez Marín


Foto: Pedro Chacón

 

Esteban Medina iba caminando un viernes por la calle Libertad y se encontró con Asdrúbal Reyna, quien presumía ser sobrino segundo del gran Cornelio Reyna, que en paz descanse. Estaba comiéndose unos burritos de chile colorado, ¡oh sí!, el reputado Ombudsman de Santa María de las Cruces no solo va a sofisticados restaurantes; de vez en cuando camina por las plazas y se da baños de feria pueblerina. Antes de saludarlo, Asdrúbal le dijo:

―Oyes, Medina, no me has mandado al whattsap tu artículo donde me mencionas. Me platicaron que hablaste maravillas de mí, no sabes cómo te lo agradezco.

―No sé quién te diría eso, Coyote, pero te contaron mentiras. Y no te mandé el artículo porque más bien pienso que no te va a gustar ni tantito.

―No me digas Coyote, Medina. Desde la prepa ya nadie me dice así, y menos ahora que soy el presidente de la Comisión de Derechos Humanos de Santa María de las Cruces: más respetillo, si no fuera mucha molestia.

―Está bueno, señor Reyna, no vuelve a suceder. Pero mira, de seguro ya viste el artículo, para qué te haces; alguno de tus achichincles ya te lo enseñó, ¿tengo o no tengo razón?

―Pues la mera verdad, sí, y para nada estoy de acuerdo en lo que dices. Qué pasó, Medina, yo te estimo; nos conocemos desde la secundaria, no hay que ser. O dime si andas necesitado, para eso estamos los amigos.

―¿No te digo?

 

Esteban se acordaba muy bien de Asdrúbal Reyna, el clásico gandalla que les daba carrilla a los ñoños y a las niñas; hacía pandilla con los fortachones que se las daban de machines, igual que él. Sacaba seises y sietes en todas las materias y en un tiempo fue estrella del deporte, de todos los deportes: resultaba irónico que ahora fuera defensor oficial de los derechos humanos quien durante toda la escuela se dedicó a retorcerlos.

Se despidieron porque Reyna dijo que iba de prisa a una junta con unos amigos suyos que se mantienen tomando café y checando su correo electrónico en el edificio del Congreso del Estado; unos son diputados y, otros, periodistas: todos de la más baja ralea, aunque entre ellos hay también de la más alta.

Esteban entró a La Michoacana, pidió un agua de horchata. Mientras se la tomaba en una de las mesas del fresco restaurante, sacó de la bolsa de la camisa de franela su celular Nokia 2008 y le puso un mensaje a su hija Raimunda Marina Bradbury: Necesito tu ayuda para un artículo que tengo que entregar mañana.

A los cinco minutos, la respuesta ágil se hizo llegar al rudimentario celular: se oyó aquella canción que compusieron Lennon y McCartney hace algunos ayeres: Don't let me down. La respuesta de la joven escritora decía: Claro, papá, solo que en este momento no puedo, así que nos vemos el lunes por la tarde, si quieres en el Degá. Para eso tiene uno hijas tan lindas y solidarias, pensó Esteban. Así que se dispuso a disfrutar el fin de semana.

El lunes siguiente, el articulista y su hija se encontraron en la mesa Eae del Degá, que durante los últimos treinta años ha frecuentado la más antigua tertulia literaria de la ciudad.

―Ay, papá. No sé cómo te gusta venir aquí. Huele a viejito y se ven puros ganaderos vetustos. Además se dificulta mucho conectarse, no tienen ni enchufes en las mesas.

―Pos sí, m’hijita, pero ya es la costumbre. Y acuérdate de lo que dijo el gran José José, que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor.

A pesar de las dificultades técnicas, Raimunda Marina conectó tres aparatos de última generación, entre ellos su laptop, y se pusieron a escribir al alimón. Fue de esa forma como el articulista y su tecnócrata hija redactaron el segundo artículo sobre el tema de los derechos humanos.

 

Diez años antes, Francisco Bravo, gobernador de Santa María de las Cruces, había manipulado la amplia mayoría de su partido en el Congreso para que el abogado Asdrúbal Reyna fuera nombrado presidente de la Comisión de Derechos Humanos. Desde entonces se había dedicado a la grilla de tiempo completo; su plataforma era fingir que cuidaba braceros, indigentes y condenados, pero la verdad, los derechos y el derecho le importaban un comino; tenía bien claro que lo que buscaba era dinero y contactos políticos que lo pudieran favorecer.

En el primer artículo, Esteban se la había llevado tranquila, porque le faltaba información. Nunca había imaginado que ese tema de los derechos humanos fuera tan complicado y más ancestral que Fray Bartolomé de las Casas, y que el asunto en particular de ahora fuera resultando tan delicado. Ahora la ayuda de su hija le resultó muy útil, pues ella navegaba en internet como pez en el agua, no había información que no consiguiera de manera asombrosamente rápida.

―Oyes, papá, ¿y no te traerá dificultades meterte a balconear al hijo del gobernador? Mira que es una fichita y un tipo de cuidado.

―Pues a ver cómo me va, pero es que ya basta. Ya son muchas las que debe: lo de la golpiza que le pusieron sus guardias al joven Sandoval, nada menos que en el casino; lo del departamento que se apropió en el Campestre San Francisco; el viejito que atropelló en La Cantera y lo dejó allí tirado, agonizando, mientras él se pelaba a toda velocidad muerto de risa.

―¿Pero, cómo? Estás describiendo a un monstruo. ¿Es cierto lo que me cuentas?, ¿no estarás exagerando? En las fotos del Facebook, Mauricito se ve normal y hasta guapo. Dicen que el gobernador le ordenó al escultor que lo usara de modelo para el rostro del Ángel que pusieron en la Plaza.

―Pues será el ángel de los antros, porque allí se la pasa. Bueno, la verdad no se sabe nada de cierto. La gente no se atreve a levantar denuncias y se conforman con poner la queja en Recursos Humanos, creyendo que les van a hacer algún caso. Pero allí es donde entran las malas artes del titular: les revuelve toda la información de tal forma que poco les falta para que los agraviados tengan que ir a ofrecerle disculpas al junior. En ese y en todos los asuntos que llegan, Asdrúbal se dedica a hacerle el trabajo sucio al gobernador, y luego redacta unas actas de recomendaciones que parecieran dirigidas a la Madre Teresa de Calcuta y no al funcionario señalado.

De esa manera Asdrúbal se había sostenido en un poder simultáneo a los tres poderes de la unión y a veces hasta se sentía por encima de la ley, el abogado más astuto que existe. En todos los medios oficiales era considerado, creía él, toda una personalidad, aunque algunos a la chita callando se burlaban de su bigote aguamielero y su solemnidad. Por todo eso, era de esperarse que el primer artículo de Esteban Medina sobre el tema de los derechos humanos convertidos en escudo del gobernador, las trapacerías de sus funcionarios y sus familiares, le hubiera ardido en salva sea la parte al licenciado Reyna.

Como era hombre proactivo, de inmediato pidió cita con el gobernador para exponerle el caso. A pesar de que era casi su cómplice, y a veces hasta su socio en alguno que otro negocio en lo oscurito, El Señor muy pocas veces se dignaba recibirlo. Y esa vez no fue la excepción: el secretario particular transfirió la cita para que lo atendiera el oficial mayor de gobernación, un oscuro arquitecto que había sido rector de la Universidad Juárez.

—¿A qué debo el honor de su visita, mi distinguido licenciado? —le dijo con entusiasmo diplomático mientras se levantaba de su silla para saludarlo de mano—. Tome asiento, por favor.

—Me permití molestarle por un asunto muy delicado, señor Oficial Mayor.

—Hombre, mi amigo, ¿a qué viene tanta seriedad? Dígame Willy, como me dicen mis camaradas.

—Le agradezco mucho la distinción, arquitecto. Mire usted, me apena mucho el asunto con el que vengo, ya que de por sí nos vemos muy poco, pero, bueno, se lo diré de un jalón: Anda por ahí un amigo que se dice periodista y el día de hoy sacó, en una revistucha, un escrito donde viene una serie de infundios contra mi persona y, lo más grave, algunas insinuaciones que ofenden la dignidad de nuestro señor gobernador.

—Sí. Ya sé a lo que se refiere; muy temprano me trajeron mis ayudantes el libelo ese donde lo balconean a usted, es decir, donde lo calumnian.

—Pues fíjese nomás. ¿Cómo cree usted que podríamos hacerle con ese seudoperiodista?

El Willy comenzaba a impacientarse. Aparte de que andaba con una cruda de los mil demonios, la personalidad tensa y pegajosa de Asdrúbal Reyna era de las que muy poco soportaba. Y de pilón venía con un asuntito que no tiene la menor importancia y que a nadie interesaba; mucho menos al gober, quien hace media hora le había llamado muerto de risa para burlarse del infundio y del sujeto.

Con el mismo tonito amistoso y con algunos acordes de impaciencia, le replicó:

—Nunca les dé importancia a esa clase de cabrones, mi amigo, y mucho menos se le ocurra contestarles. Es lo que buscan, de eso piden su limosna.

—Pero mire, señor, es que anunció que seguiría con el tema en la siguiente columna. Según él, con datos duros y con fotos de tres documentos que obran en su poder.

—¿Y qué le apura? La revista es mensual; dentro de unos días a la gente se le habrá olvidado todo el asunto; para cuando vuelva a escribir, se quedará chiflando en la loma. Ese tipo es un mediocre, tuvo sus 15 minutos de fama allá por el año del caldo, cuando era reportero en periódicos de verdad. Ahora que anda en estos pasquines que ni circulan, ya ni quien se acuerde de él, es un don nadie.

Asdrúbal iba a contestar, cuando en eso timbró el teléfono. Como toda secretaria que se respete, la asistente del señor funcionario tenía instrucciones de marcar a los quince minutos de cualquier cita, para darle a su jefe una salida oportuna frente al interlocutor que fuera.

—Dígame, Laurita.

—…

—Muy bien, dígale que voy para allá. —Y dirigiéndose al visitante, le dijo apurado:

—Señor licenciado, me voy a tener que retirar, se queda usted en su casa. Voy a instruirle a Laurita que le traiga un coñac. Espero que mis consejos se hayan sido de utilidad.

 

Muy puntual, el día primero del mes siguiente apareció la revista. En la portada traía un llamado al artículo de Esteban Medina, con una foto de Asdrúbal Reyna en una toma donde aparecía con un gesto de tensión dubitativa. Asdrúbal leyó de un tirón las dos páginas del artículo y buscó con ansiedad las tres fotos anunciadas de documentos emitidos por la oficina a su cargo. Aunque las fotos no salieron, porque al director seguramente ya se le hizo mucho atrevimiento, el texto del artículo incendiaba los contornos de su poder: venían con pelos y señales las historias de violencia en los antros que antes solo habían sido rumores que nadie se atrevía a confirmar; las aventuras del junior, las compras forzadas de céntricos lotes por parte de la hermana favorita, las francachelas de champán Diamante en los distintos ranchos del cacique; eso por un lado.

Por el otro, varias citas de la redacción lisonjera y mentirosa que la oficina central de los Derechos Humanos enviaba a las distintas dependencias del gobierno del estado, recomendaciones a las que por lo demás nadie les hacía el menor caso.

En un tercer plano del relato venían reseñas de múltiples actos sociales de alta esfera social en las que el licenciado Asdrúbal Reyna convivía solícito y alegre con la casta burocrática que gobernaba con mano dura y, según versiones, robaba a manos llenas.

 

El licenciado sabía que era inútil pedir audiencia en Palacio, así que se fue directo a la oficialía mayor, al despacho del titular, aprovechando que él le había granjeado su amistad y hasta le había pedido que le hablara de tú.

—El arquitecto anda fuera de la ciudad —le dijo Laurita a las primeras de cambio.

—¿Y cuándo regresa, señorita?

—Uy, no le sabría decir, licenciado. Fue a la Ciudad de México a unas jornadas de seguridad presididas por el presidente. Ya ve usted que ese tipo de juntas se sabe cuándo comienzan, pero no cuándo van a terminar.

—¿Y no me podría hacer el favor de marcarle?, dígale que soy yo y que traigo un asunto de suma urgencia.

—Me va usted a perdonar, licenciado, pero tengo instrucciones de no molestarlo para nada;  está reunido con gobernadores, judiciales, senadores y hasta, como ya le dije, con el presidente de la república. No se le puede interrumpir.

 

Desesperado, Asdrúbal salió a la resolana del medio día. A pesar de que estaba acostumbrado a sus finos trajes, corbata ceñida sobre camisas de seda, el calor y la ansiedad hacían que sudara a mares. Para acabarla de fregar, estaba citado a comparecer en la sesión ordinaria del Congreso del Estado: esas famosas pasarelas que no sirven para nada más que taparle el ojo al macho, pues la mayoría de la bancada era favorable al régimen, hasta el filo de la servidumbre. A pesar de eso, no podía presentarse en esas condiciones, antes que nada él era un Dorian Gray de la política en este rancho. No le quedó más remedio que tomar una habitación en el Hotel San Francisco, con cargo a viáticos, por supuesto.

Antes de entrar a la regadera, le llamó a su asistente, Francisco José Baeza, joven ingeniero en sistemas y político en ascenso.

—Pepe, lánzate pero en chinga al D´Talamantes de la Victoria, me compras un traje azul marino, una camisa blanca y todo lo demás; ahí traes apuntadas las medidas en tu agenda. Me traes esa ropa a la habitación 109 del San Francisco. Acuérdate que tengo comparecencia a la una y media en el Congreso; apenas me da tiempo.

Como para estos asuntos la gente funciona como relojito, el joven asistente dio tres leves toques en la puerta, 10 minutos antes de la hora. Asdrúbal abrió envuelto en una toalla grande; la agitación de horas antes había cedido con el baño y hasta se había puesto de buen humor.

—Muchas gracias, mi hermano. Ahora te voy a hacer otro encarguito: localízame a un sujeto que se llama Chava Capoulade, los datos están en la libreta negra que ya sabes. Le dices que lo espero a las cinco, en el privado del bar de La Casona. Le dejas ver muy claro que sin falta, que me urge.

Asdrúbal aprovechó la sesión del Congreso para fustigar a la prensa corrupta que no deja trabajar a los que día y noche se dedican a servir a la patria; sin decir nombres dejó muy en claro la venalidad de esos parásitos que se dedicaban a la mentira y la extorsión. Ni siquiera era tema la prensa libre ni la amarillista ni ninguna otra, pero como el ambiente en ese tipo de rituales solía ser amistoso y favorable. Reyna se despachó con el cucharón del pozole, echándole alabanzas a su esforzada labor de ombudsman y a la alta investidura del jefe máximo del estado que lo distinguía con su amistad, el mejor gobernador que hemos tenido en décadas.

A la hora de la siesta, luego de comer en su casa como buen hombre de familia que era, Asdrúbal se debatía en una encrucijada un tanto cuanto ridícula: por un lado sabía en el fondo que el Willy, con su valemadrismo juarense, tenía algo de razón de que no había que crecer a los enanos, hacer como que pobre diablo de Esteban Medina no existía, ni sus escritos infectos, que además nadie leía.

O casi nadie, y eso era lo malo, pues todo solía traducirse en rumores.

Por otro lado, era relativamente fácil que el Chava Capoulade y su banda le pusieran una buena chinga para que no anduviera de hocicón; ese recurso ya lo había utilizado dos veces anteriores y no hubo ninguna bronca, Chava tenía muy buenos limpiadores y no sabía rajarse.

 

Cuando el cadáver de Estaban Medina apareció tres días después en un recoveco en el valle del Cerro Grande, nadie sabe, nadie supo, que Asdrúbal Reyna había elegido la segunda opción.

 

The End.

 

sábado, 26 de septiembre de 2020

En este lado del siglo. Por Jesús Chávez Marín

 

Fotografía: Pedro Chacón


Allá por el año 2010, escritores de la ciudad de Chihuahua, entre quienes se contaba la hermosa Edgarda Alana Morgana, originaria de un rancho llamado Las Delicias, platicaban alegremente en casa de Adelita Valentina Matamoros Moreno. Uno de ellos alzó su copa de vino y habló de esta manera: Oigan, ya va siendo hora de que nos reconciliemos con Rogelio Montijo. No hay que ser tan gachos.

Otro agregó: Es cierto, ya lo hemos castigado meses con la ley del hielo.

A pesar de la incipiente borrachera, esa noche por cierto disminuida porque el fin de semana tocó en fin de quincena y ya nadie traía ni un euro en que caerse muerto, allí mismo comprendimos que tenía razón.

Pero en eso, Edgarda Alana, que a veces era bien maldita, replicó: nada de eso, Jaramillo. De ninguna manera. A pesar de tus razones tan sentimentales como artificiales, esta vez te equivocas. Esta bestia tóxica jamás, y óyemelo muy bien porque no voy a volver a repetirlo, jamás volverá a poner un pie en esta casa de mi comadre. No tiene clase suficiente para seguir usufructuando nuestro círculo, que es de lo mejorcito que se ha dado en esta ciudad a veces tan vaquera y naca.

Fue en ese momento cuando el silencioso y taciturno Luis David Gustavo Adolfo Bécquer metió su cuchara: escúchenme todos un momento. Ustedes están muy lejos de la verdad de las cosas. Lo mismo tú, Edgarda, con tu rigor a veces tan feminazi; como tú, Jaramillo, que sueles decir nada más lo primero que se te ocurre y luego te largas, te pierdes por años, te refugias en tu castillo de Drácula que te heredó tu difunta esposa.

A pesar de que ya mero se armaba la bronca ante las duras palabras de Luis David, los mariachis callaron. Fue cuando aquel aprovechó para seguir pontificando como si fuera obispo dos minutos después de retratarse con Benedicto XVI: El problema no es el tarugo de Montijo. Ni su soberbia tan injustificada. Ni sus libros tan malos de poesía hermética. No, señores y señoritas que les acompañan. El problema es estructural.

Lo que pasa es que muchos amiguitos y algunas señoras de esta resolana viven todavía en el siglo 20. Y aceptémoslo: ese siglo ya pasó. Eso, camaradas, es irreversible.

Luis David Gustavo Adolfo Bécquer a veces usaba ese tipo de expresiones tan ya pasadas de moda, como el de “camaradas”. Pero aún así ya no había quien le callara la boca, y siguió dictando:

Por ejemplo, el otro día vi a un señor que sacó muy orondo su chequera en la tortillería y se puso terco en pagar el mandado y las salsas con cheque, ¿tú crees? El muchacho de la tortillería jamás había visto un cheque en su vida y, por supuesto, exigió que pagara en efectivo o con tarjeta de débito. El sujeto se puso necio; los que estábamos en la fila empezamos a abuchearlo. Tragándose su coraje, sacó dos billetes de a cien, recogió el cambio, echó los víveres en una bolsa de ixtle que traía y salió de allí muy circunspecto.

¿Y toda esa perorata qué tiene que ver con lo que estamos diciendo, Luis David?, preguntó impaciente Jaramillo. Ubícate, maestro. Yo lo que propuse es que de una vez por todas le regresemos nuestra amistad al pobre de Rogelio. Es todo. No me vengas con tu filosofía portátil.

Portátiles lo serán tus reconciliaciones mentecatas, méndigo hippie.

Eso ya caló. Jaramillo se fue de la fiesta muy despichadito, pero antes empacó cuidadosamente su guitarra eléctrica, el amplificador, dos bocinas, cuatro libros de Herman Hesse, dos cazuelas de Paquimé donde había traído guacamole y burritos de frijoles, su cajetilla de Marlboro rojos que como buen dinosaurio del siglo pasado seguía fumando cada madrugada, y su bufanda roja, pues era tiempo de frío.

¿Ya ven lo que provoca su machismo de gringos viejos?, ya se nos fue Jaramillo que era el alma de la fiesta. ¿Y ahora qué hacemos?

Vamos a bailar un rato, ¿no?, propuso el gran artista Luis Carlos Salcido. Pero nadie le hizo caso.

Las mentes andaban ya un tanto cuanto reburujadas por los efluvios del alcohol y los cigarros que algún otro ser poco evolucionado sacaba a hurtadillas para fumárselo en el patio contemplando la ropa tendida, allá afuera, de la dueña de aquella casa de artistas, bohemios y simuladores.

Miren, lo que trato de decirles es que este siglo es ya distinto.

Ya no se dice “acento ortográfico y prosódico”, sino escrito y no escrito.

También hace ya cinco largos años que la palabra “solo” dejó de tener acento escrito, en la acepción que significa “solamente”.

Ya no se dice mayúsculas y minúsculas, sino altas y bajas. Y nadie conoce el lápiz amarillo número 2, ni los pasantes. Asimismo, ya nuestra actitud debe ser distinta, más ágil y productiva; menos atormentada y mamona, para que me entiendan. El lobo estepario ya es historia.

Luis David tenía 20 años dedicándose a la corrección de estilo, por eso sus metáforas eran tipográficas y sus obscuras abstracciones siempre terminaban navegando en el mar de la ortografía hablada o escrita. Aún así, su pensamiento no cejaba en seguir haciéndole la lucha.

Por eso, agregó: a mí en lo personal me importa un comino que Rogelio Montijo sea tan mal escritor. ¿Qué le hace? Si aquí nadie lee sus libros, ni los ha leído jamás.

Le siguen publicando nomás porque gana premios. Y, reconózcanlo, eso a ustedes les da envidia. No me salgan con esa tarugada de que los bosques, los árboles, el montón de papel que se gasta en los libros este pobre hombre. No sean hipócritas. Ustedes de ecologistas tienen lo que Servín de indigenista.

Ah, no. Me perdonas. A Servín no me lo tocas: él es un gran lingüista y sabe un poema y una canción desesperada en siete idiomas, replicó Edgarda Alana Morgana ya irritada y un poco ebria.

Ya, muchachos, a esta fiesta ya se la llevó el carajo. Ya váyanse, dijo Adelita Valentina bostezando radicalmente.

En ese momento salí a la noche helada, y ya no pude seguir escuchando tan interesante información. Decidí allí mismo pensar en esta lista de iconos y componentes que se quedaron para siempre en el pasado ya remoto llamado siglo 20.

1. Como ya se mencionó, las cuentas de cheques.

2. Los libros de superación personal que tanto escribieron Carlos Cuauhtémoc Sánchez, José García Rivas y Luz Ernestina Fierro Murga.

3. El pizarrón y el gis, de los que muy seguido escapaban un montón de profesores que mediante un compadre o una corta feria lograban un puesto de comisionado sindical o de peritos en pedagogía.

4. El catecismo del padre Ripalda, que fue sustituido por una cabalgata cristera.

5. Los diputados locales, que fueron cancelados junto a 13 contratos de relleno sanitario.

6. El CDP también fumó faros. Su máximo ardor revolucionario había sido un montón de tenderetes a los que se les llamó El Pasito.

7. Los sacerdotes católicos buena onda que exigían a todos los feligreses que les hablaran de tú.

8. Las feminazis, que al final de sus días vivieron solas y amargadas pero tan autoritarias como habían imaginado que era su obligación ser.

9. Los neonazis, la edad se les vino encima sin carnaval ni comparsa. Y ya caminan lentos.

10. Los obispos y sus novias, que navegaron con bandera de izquierda y terminaron convocando a la grey a que votaran por el pan.

11. Los gobernadores que alguna vez tuvieron la ilusión de tener un amor que los hiciera valer, además de su certificado de primaria.

12. Los presidentes municipales que obligaban a todos sus familiares a que se volvieran agentes inmobiliarios y vendedores de artículos de oficina.

13. Los médicos que convencían obligatoriamente a sus pacientes que por favor no dejaran las pastillas o morirían sin remedio ni botica.

Cuando menos pensé, ya había llegado a la casa, más dormido que despierto.

 

The end

viernes, 18 de septiembre de 2020

Cerrado por remodelación. Por Jesús Chávez Marín


Foto: Pedro Chacón


El Gordo Durán, acaudalado empresario del Norte (bueno, ya, a punto de serlo, ¿captas?) se sentía agorzomado porque sus jefes, luego de haberle pagado la licenciatura de finanzas en el Tec, que les salió carísima, le exigían resultados, que se pusiera las pilas.

Tal vez ellos tenían algo de razón, pensaba el Gordo. De hecho. A mis cuarenta años ya es hora de que les demuestre que puedo aprovechar las áreas de oportunidad que en cada borrachera se me ocurren. O visualizo, ¿ves?

Como la muchacha de la casa cocina a toda madre –tiene el sazón de los dioses, pensaba Durán cuando se ponía esotérico–, se le ocurrió en un pasón, completita, una idea de negocios. Genial, maestro, o sea.

―Oyes, Jennifer. Quiero proponerte algo, m´hija. Como cuates.

―Ay, Gordo. Ya me tienes mareada con tantas ideas que se te ocurren. En la cruda ya ni te acuerdas de nada, mi rey. Vuelves a tratarme como la gata. Bueno, pues eso es lo que soy, y ya.

―No, mira. En tres meses vas a salir de pobre. Y yo les demostraré a mis jefes qué clase de hijo tienen. Chingón. Ya verás.

 En un viejo salón de fiestas infantiles que su madre abandonó cinco años antes, por escasa rentabilidad, puso un restaurante de comida mexicana, muy amplio y espacioso. Primero lo mandó limpiar al cien, luego puso allí un montón de muebles que coleccionó, bien antiguos, de toda la familia. Le pidió a los tíos, a los abuelos paternos, a la abuela materna, que se los donaran para su empresa. Allí lucirían más que abandonados en bodegas o en los cuartos del patio de quince casas.

El pivote de su originalísmo restaurante sería, pues quién creen: Jennifer, su genio de chef intuitiva y autodidacta, heredado de su santa madre y de sus ancestros. Y bien bara, maestro. Le ofrecí el doble de lo que le pagaba mi mami, y se vino encantada, comentaba El Gordo muerto de risa a sus friends.

Pero eso fue en el pasado inmediato. Ahora El Gordo Durán ya no anda tan contento: ayer tuvo que cerrar, por conflictos obrero-patronales. Al principio el negocio fue viento en popa: en dos por tres, y con el montón de relaciones que tiene El Gordo por ser de familias bien, se llenó de parroquianos que saboreaban encantados el menudo, que La Muchacha preparaba como si fuera maná de Diosito Santo, la neta, genial; la avena, la más deliciosa que existe, no te miento. Y sin recetas secretas ni mamadas de esas, con purita inteligencia de mi prieta linda, lo que sea de cada quien.

Pero la muy cabrona se fue dando cuenta de que los clientes no iban por las mugres antigüedades, la verdad tan bonitas, que amueblan el restaurante: comedores Luis 15, chifonieres de Francia y toda la cosa. Sino por su comida.

―Gordo, me dijiste que en tres meses iba a ser rica. Ya van dos y no veo claro.

―¿Cómo no, mi reina? Te pago el doble de lo que te daba mi jefa.

―Pos sí, pero trabajo el triple.

Pero el tarado del Gordo no supo ver focos rojos en los rezonguidos de su novia. No, cómo crees: ¿de su amante? De su ex empleada doméstica, es todo. Pero, oyes, tampoco. Qué se cree. El genio de los negocios soy yo, mi rey, no la pinche cocinera.

Ahora ya no se la anda acabando. El mero 24 de diciembre, cuando llegó muy orondo a las once a su restaurante, encontró cerrado. Vieja irresponsable, pensó, acostumbrado a que Jennifer abría muy puntual a las 6 de la mañana y se ponía a cocinar muy a gusto, con todas las comodidades, hasta con wi fi; empezaba a llegar la gente y ella muy contenta de servirles y de ganar un dineral, el doble que antes y eso nomás para empezar, después ya veremos, cuando el negocio empiece a producir en serio, tal como lo tengo fríamente calculado. Pero no. Cerrado.

Y para acabarla de amolar (gulp, se me está pegando el lenguaje de esta pioja resucitada): una demanda mega de para qué te cuento. Pero eso es lo de menos, todo fuera. El jefe de Conciliación fue compañero de la secundaria en la Esfer, nos arreglamos y ya. Lo que me preocupa es cómo voy a abrir mañana. ¿Dónde conseguiré quién haga la comida? Bueno, ya veré. Tampoco creo que sea para tanto, métele un poco de programación neurolingüística y pensamiento positivo. Es todo.

The End

viernes, 11 de septiembre de 2020

El manantial. Por Jesús Chávez Marín

 

Fotografía: Pedro Chacón


En la aurora de un jueves lejano de 1959, caminé hacia el Cerro Grande a través del arroyo de la colonia Rosario. Mi mamá me dio permiso de ir, pues ese día no tuve clases, estaba yo en sexto de primaria. Mi amigo Martín Márquez no pudo acompañarme porque fue al centro con su abuelito Ramón, a la calle Ocampo y Libertad, el punto donde el señor vendía dulces de leche y pepitorias. Así que me fui solo; a las meras 6 de la mañana empecé a caminar, cuando todavía estaba oscuro.

En la ladera al otro lado del arroyo vi una imagen que se repetía muchos días pero que siempre despertaba mi fascinación una vez que conseguía vencer la repugnancia de la escena: Julia la loca, una mujer de unos 40 años que vivía en una choza a las orillas de la colonia Dale, situada en una loma, se paraba de espaldas al arroyo a cualquier hora a que se le ocurriera, alzaba su vestido hasta la espalda, se bajaba los calzones y se inclinaba a orinar, o a lo otro, mostrando todas las veces sus espléndidas y saludables nalgas. Como no había nadie a esa hora temprana, no me dio vergüenza detenerme a mirarla con toda la atención y la inquietante sensación de placentera culpa; el acto duró como 14 minutos y solo después continué mi camino.

En la marcha me fui imaginando algunas estampas alternativas: traslapaba la hermosa figura femenina de Julia la loca en los rostros y los nombres de algunas conocidas que me gustaban y de las que, por supuesto me era inaccesible alguna posibilidad de desnudez con tanta libertad como la que Julia ejercía frente a todo el barrio. De esa manera pude elaborar en mi imaginación el cuerpo completo y sin ropa de una que había sido mi maestra de kínder, una pelirroja preciosa que tenía rostro de ángel y cuerpo de tentación; mi prima Lucha, una quinceañera de minifalda brevísima como se usaba en aquellos años; Luly, nuestra vecina, que tenía unas piernas espectaculares y a quien algunos muchachos del barrio que teníamos cajón de bolear nos disputábamos el privilegio de sacarle lustre a sus zapatos y atisbar de reojo la abertura intensa por donde se asomaba la luz de sus minúsculos calzones.

El tiempo de la caminata había pasado tan ligero que cuando menos pensé ya había subido hasta la mitad del Cerro Grande, siguiendo la vereda y trepando en las rocas que se atravesaban; ni siquiera sentí el trascurso por el que había transitado nomás pensando en puras peladeces. Volteé la vista hacia atrás y miré, como siempre, asombrado, el panorama de la ciudad entera que en aquellos años solo se extendía hasta lo que hoy es la avenida Las Américas.

Seguí cuesta arriba con un poco de mayor dificultad, porque en esa parte el cerro está más empinado. Había avanzado como unos 10 minutos cuando en eso escuché a mis espaldas la voz de mi prima Dora, que me gritaba:

—¡Espérame, Raúl!

—¿Qué andas haciendo por estos rumbos? —le respondí, sorprendido

—Anda, te he venido siguiendo desde que pasaste por mi casa; ya sé que te encanta subir el Cerro Grande y de repente me dieron ganas también de caminar. Pero tú ni en cuenta, venían concentradísimo. Ya sé que eres todo un filósofo.

Dora era prima mía, aunque no era mi prima. Se había criado en la casa de mis abuelos, quienes la cuidaron como a su propia hija. Les recordaba mucho a su hija menor, Bertha, quien había muerto tres años antes, por comer moras, eso dijeron. Sin querer, cuando Lucía, la madre, se la encargó para irse de mojada a los Estados Unidos, y ya nunca volvió, había llenado el hueco insondable que la muerte causa. Así que todos la veíamos como de la familia, y de hecho lo era, hasta más que nosotros mismos, pues era la consentida de mi abuelito.

En ese entonces yo estaba en sexto de primaria y Dora en segundo de comercio en la Escuela Industrial para Señoritas, pues era dos años mayor que yo.

Esa mañana se había vestido muy coqueta, con unos shorts espectaculares y una playera en V que a veces dejaba ver el nacimiento de sus lindos senos. No era muy bonita pero tenía muy buena figura: alta, delgadita, varita de nardo y un cabello negrísimo que usaba muy corto. Como sabíamos que en realidad no era nuestra prima de sangre, todos nos hacíamos fantasías, y ella tenía muchas maneras de darnos vuelo.

La esperé. Muy pronto me alcanzó y con toda naturalidad me agarró de la mano y tomó la delantera. El contacto fue para mí un cataclismo de sensaciones donde se mezclaban la imaginación más sublime y la respuesta de mi cuerpo completo; disfrutaba un placer desconocido y un vago temor. El movimiento del ascenso me hizo recuperar el equilibrio y avancé junto a ella como si nada; cambiábamos de mano cuando el contacto se humedecía por el sudor, íbamos como dos novios que pasean.

En silencio llegamos a la cima, me dijo que nunca había subido y lo primero que hice fue llevarla a la pequeña fosa donde estaba el manantial; allá había tomado yo muchas veces el agua más limpia y deliciosa que existe. Siempre llevaba conmigo una taza de cristal cortado que me había regalado mi abuelita Herminia, dos meses antes de morir. Con ella saqué un poco de agua y le di a beber a Dora, quien la disfrutó con delicia. Saqué otra poca y se la di. Ella humedeció un poco sus manos y mojó su cabello, su cara. Se arreglaba y sonreía, me miraba fijamente a los ojos.

Luego de que bebí tres tazas seguidas, la tomé de la mano para llevarla a la roca plana donde yo acostumbraba sentarme a mirar el infinito panorama, ese pequeño refugio estaba a la sombra de un arbusto enorme que nos protegía de la resolana, con la ciudad al centro de un valle que pareciera esfumarse al final, si no fuera porque en las orillas aparecían cerros, azules de tan lejanos.

Estuvimos más de media hora sin decir nada, conectados con el silencio de las alturas. De vez en cuando un airecito fresco jugaba con el pelo de Dora y parecía que era parte del fino movimiento de su respiración, que latía casi imperceptiblemente en su pecho.

Luego de compartir tan serena meditación, ella me dijo:

—¿Te gustaría verme encuerada?

Lo dijo sin ningún tipo de tensión, con una leve sonrisa, como quien ofreciera una taza de café o un panecito. Por un buen rato no hallé qué responder. Primero pensé que me estaba vacilando y que me jugaba una broma rara, pero algo en su actitud me dio la seguridad de que hablaba en serio, así que le dije:

—Bueno, si tú quieres…

—Sí quiero. Hazte un poquito más para allá y me miras.

Con movimientos muy lentos y con actitud seria, casi mística, fue desabotonando su blusa; se tardaba como tres minutos para cada botón y luego seguía con el siguiente. Fue apareciendo poco a poco un brasier blanco de olancitos que parecían flores de durazno. Cuando desabrochó el de más abajo, deslizó la blusa entre sus hombros, la dobló con mucho cuidado, y la puso en una parte muy limpia de la roca, como si la guardara en un relicario.

Yo la miraba sin moverme; guardaba en la mirada cada detalle de sus movimientos, cada centímetro de su piel, de sus formas.

Luego de permanecer también ella inmóvil un momento, desabrochó el gracioso cinturón que sujetaba su short color de rosa; también, muy quedito el zíper en la parte posterior abajo de su espalda. Como era muy ceñido, lo fue bajando lentamente haciendo leves movimiento de cintura con la misma actitud de seriedad en sus gestos, sin ninguna aparente coquetería. Yo pensaba que esa actitud reflejaba algunos hilitos de pudor, pero no, creo que era un ritual distinto y bien consciente, como quien realiza una tarea milagrosa.

Casi en un solo movimiento aparecieron sus calzones, también blancos y también con olanes; ese tipo de ropa yo solo la había visto escasamente, uno que otro, en tenderos, en los patios de algunas casas.

Con igual cuidado dobló la prenda que se acaba de quitar y la puso junto a las otras. Para entonces había pasado entre los dos un tiempo muy largo y a la vez vertiginoso. Fue ella quien rompió el completo silencio cuando me dijo:

—Y también puedes tocarme.

Durante todo ese tiempo yo había permanecido a la expectativa, me deleitaba la mirada, pero sentía que no había ninguna expresión en mi cara, las manos completamente inmóviles. Era yo una estatua en su homenaje. Así que no hallé qué responderle, me quedé en silencio y a pesar de eso no me sentía presionado a decirle nada.

Ella no esperaba ninguna respuesta. Se quedó muy quieta y, luego de un rato, lentamente dirigió sus manos hacia la parte de atrás de su espalda para desabrochar su minúsculo brasier, lo tomó por el frente y sin el menor asomo de intención mórbida dejó al descubierto sus dos tetas morenas, el espectáculo más hermoso que yo había visto luego de haber mirado tanto mundo.

Luego del sencillo movimiento de guardar su ropa con ese maravillo cuidado femenino que ponía en todas sus acciones, se inclinó para quitarse los calzones y así, completamente desnuda, se quedó frente a mí a la misma distancia en la que habíamos permanecido.

Fue un milagro de la vista y también del aroma, porque una fragancia para mí desconocida llegó hasta mi cara, deliciosa y extraña. En ese momento aprendí cómo funciona el sentido del olfato que antes no había tenido para mí la menor significación ni consciencia.

Así estuvimos como quince minutos, muy callados y muy serios, disfrutando la frescura de la sombra, los infinitos detalles de la vista al frente, y el acto de contemplación casi reverencial de su desnudez. Ella caminó un poquito hacia atrás dejándome ver su espalda espigada y sus bonitas nalgas, sobre todo las piernas vigorosas. Luego se plantó otra vez al frente y me dijo.

 —Ahora enséñame tú.

De golpe se me vino toda la angustia de la situación. Durante todo el acto me había ocupado solamente de dos cosas: de mirarla y de que no se me fuera a notar a través de la ropa la erección. Y ahora, de repente, me tocaba mi turno de hacer algo completamente imposible para mí. Ni por un instante se me hubiera ocurrido mostrarme frente a ella y frente a ninguna persona del universo, la vergüenza de nomás imaginarlo me producía un vértigo de escalofrío.

Ni siquiera alcancé a decirle que no, o que sí, o a ofrecerle algún pretexto. Ella esperó un rato y luego me regaló una sonrisa tranquilizadora mientras empezaba a vestirse de nuevo, con gracia y naturalidad.

 

The end