Cuando en el barrio supimos que falleció Virginita, nos cayó de sorpresa porque pensábamos que ya se había muerto desde hacía tiempo, pues dejamos de verla cuando le embargaron la casa y tuvo que irse a vivir a un departamento en ruinas que rentó en el centro don José, su esposo, cerca de su taller de radiadores, que también ya andaba en las últimas desde que a los carros nuevos les pusieron un sistema de enfriamiento súper sofisticado.
Algunas
mujeres del barrio, que al principio la seguían visitando, nos contaban que los
dos viejitos vivían casi en la miseria. Quién lo dijera, cuando antes ellos
habían sido de los vecinos más acomodados, qué vueltas da la vida.
En sus
buenos tiempos, Virginita fue muy estimada, su carácter alegre le granjeaba
amistades. Siempre riéndose y contando historias buenas, nunca habló mal de nadie,
era generosa y discreta.
Su
máxima adoración fue Carlitos, su único hijo, a quien siempre traía reluciente
y guapo; lo trataba como a Niño Dios, le hablaba de usted y lo respetaba como
si fuera un señorcito en miniatura. Don José también estaba orgulloso de su
muchacho, que además el niño siempre sacaba las mejores calificaciones y era
estrella del deporte y de las actividades artísticas de la escuela.
Hace
algunos años supimos que don José había muerto por complicaciones de la
diabetes, y de Virginita no volvimos a tener noticia, hasta ahora.
Tanto
por la grande estimación que le tuvimos, y porque nos sentíamos un poquito culpables
de no haberla frecuentado desde hace mucho, todos los vecinos asistimos al
velorio, que fue en la humilde funeraria del Seguro Social que está en la 20 de
Noviembre.
Realmente
no había más persona a quien darle el pésame que al mismo Carlitos Amaya, por
eso todo mundo llegaba preguntando por él; años hacía que no lo mirábamos por
estos rumbos, porque vivía en Estados Unidos. Nadie sabía ciencia cierta dónde
hallarlo. Unos decían que el vuelo se había atrasado y que estaba a punto de
llegar a Chihuahua desde Chicago, a donde se había ido a vivir desde hacía
algunos años, en una casa enorme y lujosa. Otros decían que estaba en Denver y
tenía un trabajo equis en una maquiladora, que apenas le alcanzaba para pagar
la hipoteca de la casa y los abonos de los dos automóviles, el de él y el de su
señora, pero que de todos modos había conseguido de última hora boletos para
viajar de emergencia a sepultar a su querida madre.
Pero
otros tenían la versión de que Carlitos desde hace más de veinte años no
visitaba ya a sus padres, ni les contestaba cartas, ni llamadas telefónicas, y
mucho menos les mandaba dinero, alguna ayuda que en los últimos años ellos
tanto habían necesitado. Es más, que ni siquiera asistió al sepelio de su papá,
si es que llegó a enterarse de la muerte, porque ya para entonces ellos solo
supieron de él por terceras personas que traían noticias vagas de su lejana
vida.
Nadie
podía explicarse tanta frialdad en aquel hijo consentido a quien sus padres le
habían dado tanto, su vida entera. Con sacrificios le pagaron todo lo que se le
antojaba, la mejor ropa, viajes cada año al mar; le compraron desde el primer
semestre un carro, usado pero en excelentes condiciones, claro, al nivel modesto
en que vivían los tres.
El
muchacho estudió ingeniería electromecánica en el Tecnológico de Chihuahua y
todos los viajes que se ofrecieron, de estudios, deportivos, de giras
teatrales, todos se los pagaron. Carlitos desde el primer semestre se metió al
grupo de teatro del Tecnológico que dirigía Jesús Ramírez, un gran director y
maestro que en aquellos tiempos los puso a la vanguardia del teatro mexicano, a
pesar de que era una compañía estudiantil.
El
muchacho seguía con sus altas calificaciones todos los semestres, por eso desde
jovencito llegó a ser uno de los mejores ingenieros de su tiempo, de los
primeros que hubo aquí; le tocó el inicio y el pleno auge de la industria
maquiladora en Chihuahua; en cuanto salió de la escuela tuvo trabajo, y muy
bien pagado, por cierto.
Lo que
a todos nos parecía raro es que la prosperidad evidente de Carlitos no se
reflejara en la casa de sus padres, quienes, al contrario, parecían cada vez
más fregados. Él en cambio, a los dos meses de trabajar, consiguió crédito para
un carrazo y antes del año se cambió a un departamento lujoso en la colonia
Panamericana. Cuando le hacían preguntas insidiosas, Virginita le cubría las
espaldas al ingrato muchacho, muerta de risa.
―Ande, ya ve cómo son los jóvenes de hoy en día, es cierto que
casi no viene de visita, pero es que tiene tantas actividades, el trabajo, el
teatro, los amigos, no le da tiempo de nada. Y bueno, él va a labrarse su vida,
no tiene por qué ayudarnos, ninguna obligación, usted me entiende. Nosotros ahí
la vamos pasando, y nuestra mayor felicidad es que a él le vaya bien ―respondía Virginita, alegre siempre y amorosa.
Y vaya
que le fue bien. Cinco años después de que salió del Tecnológico ya era
ejecutivo de Motorola y ganaba un dineral. Seguía en teatro, llegó a ser uno de
los actores reconocidos de la ciudad; le encantaba ser admirado en escena. Por
todos, menos por sus padres, de los que discretamente se avergonzaba: no quiso
que lo acompañaran a su graduación en el Tecnológico, les dijo que era mucho
gasto y que no tenía caso. Jamás los invitó a sus eventos en la fábrica, ni
posadas, ni aniversarios, es más, ni siquiera cuando le tocó recibir en
ceremonias solemnes los tres premios de la industria que ganó por su brillante
desempeño profesional. Nunca. A los dos señores los mantenía retirados, muy
pocas veces los visitaba, y siempre a disgusto y con prisa.
El año
que le dieron el premio más valioso, los directivos de la planta lo mandaron a
hacer una maestría con todo pagado a la Universidad de Nuevo México en Las
Cruces. Y allá hizo al fin su verdadera vida, nunca volvió a pisar suelo
mexicano. Si se olvidó del teatro, que era su querencia, cuantimás de los
padres, quienes por lo visto le importaban un comino. La ingratitud andando, el
tal Carlitos Amaya.
Todo
eso lo platicaron primero en tono de secreto y luego casi a gritos en el
sepelio de Virginita, al que Carlitos no llegó nunca y por lo visto jamás se
enteró, como tampoco de que los últimos años Virginita vendía dulces casi de
limosna en las calles del centro, navegando con sus rodillas quebrantadas, y
que murió casi en la calle, olvidada por el hijo al que tanto ella quiso,
siempre, pues hasta el último día siguió adorándolo desde lejos y justificando
todo, hasta el abandono absoluto y frío en que la tuvo.
The end.
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