Con este libro me vi enfrentado
a un texto peculiar en varios aspectos. Me llama la atención, por ejemplo, la
portada: bajo el enigmático título y el nombre de la autora, destaca el dibujo
a color de una joven mujer muy bella, sonriente, adornada en su cabeza por una
tela que bien puede caracterizar a una empleada de cocina o doméstica, o una
obrera de los múltiples oficios en que suele ocuparse una mujer, pero también
tiene una bata o saco que recuerda el uniforme de una fábrica industrial o, más
bien, de maquiladora, porque sin duda su lugar de vida y de trabajo es una
ciudad como esta, Ciudad Juárez, en la frontera norte del país. Esta idea la
refuerzan el guante de su mano y un desarmador alzado como para intervenir una
pieza mecánica, apretar tornillos, o quizá enarbolado como arma. A fin de
cuentas, la imagen tiene bocetados, como fondo, unos cuantos hexágonos que nos
hacen recordar las colmenas apícolas, y en las colmenas hay obreras que no sólo
construyen el edificio donde se produce la miel, sino que contribuyen a la
defensa y mantenimiento de la comunidad melífera.
El rostro de la obrera es peculiar, no tanto por su
belleza y juventud, pues muchas mujeres en su edad más bella (y de todas las
edades) trabajan por el crecimiento de su país y saben usar las herramientas
más diversas, sino por la seguridad y firmeza de su mirada. Casi fiereza, diría
yo, aunque es una fiereza dulce. Por eso, la herramienta que levanta su mano
parece un desafío. Esta niña que también puede pasar por ingenua tiene inteligencia,
conocimientos y habilidades proporcionados por el mismo trabajo y, desde luego,
por las más importantes lecciones, a veces duras y terribles, de la vida. Es atractiva
por su fuerza y su carácter, forjados en las tareas laborales y en la escuela,
muchas veces difícil, de vivir.
Me atrevo a comentar, hoy, algunos de los trece cuentos aquí ofrecidos por Elpidia, y que reafirman este “contraste de luces y sombras” que menciona el doctor Ricardo Vigueras en la contraportada. Son historias, por cierto, que calan más hondo cuando se las lee por segunda o tercera ocasión y se las comprende en su más amplio sentido, a la vez que se destaca con mayor claridad el relieve de los muchos detalles de los personajes y la fuerza de las anécdotas narradas.
El primer cuento se
titula “Una bella noche”. El mundo laboral sólo tiene sentido en su entramado
con otras realidades de la vida. Uno de los hilos es el hecho de que hay una
familia que sostener, una personalidad que construir. Otro, el trabajo de donde
obtenemos la paga para seguir alimentando esa familia. Otro más, tal vez, lo
constituyen nuestros pensamientos y emociones, que se van generando a la par de
las relaciones familiares, sociales y laborales. Algunas de esas hebras de la
existencia son de una oscuridad que conmueve a quien lea con un gramo de
sensibilidad. Resumo a continuación la trama del cuento.
Sin dejar de realizar su trabajo de doblar y pegar pliegos de cartón para convertirlos en cajas, miles de cajas en serie, Diana y Sergio tienen la frescura de charlar sobre temas importantes de sus vidas, y hasta de hacer chistes. En la radio que ambienta con su música la nave industrial, oímos a un locutor que comenta: “Adrián Ríos dedica una canción a su padre Sergio Ríos, que está cumpliendo años”. Sergio, al escuchar la dedicatoria, rompe en llanto. Esto desata una conversación que se convierte en historia retrospectiva donde Diana descubre un pasado muy doloroso de Sergio: el origen verdadero de Adrián. En realidad, el muchacho fue adoptado desde niño por el obrero. El llanto de éste es motivado porque le llega de golpe ese recuerdo, cuyo relato acerca emocionalmente al par de amigos. La historia que cuenta el emocionado padrastro evoca la infancia de Adrián, cuya madre lo descuidó por la necesidad de cumplir con su trabajo en un mundo donde el abuso y las adicciones tienen lugar cotidianamente. Todo transcurre al tiempo de plegar y unir las cajas de cartón, actividad que no cesa mientras ambos lloran, bromean, se conmueven y vuelven a reír.
En “Súbita fama”, Gilberto y Sara protagonizan una triste aunque hermosa historia donde la rebeldía motivada por el amor conduce al sabotaje industrial y a un final donde el interés de quienes poseen la producción y el trabajo de los productores acaba imponiéndose. Pero la huella del amor queda indeleble en la memoria de los lectores que fuimos capaces de asomarnos al relato. Es interesante cómo este es contado desde una voz que corresponde a un lenguaje áspero, donde la corrección y el decoro retóricos no caben y, por lo tanto, es genuino como la vida. Ejemplos de ello son las siguientes frases, que entresacamos del citado cuento: “Casi siempre lo veía bajar de la loma corriendo a madre”; “…subía al camión mientras el chofis, a carcajadas, cerraba y arrancaba su nave”; “Cuando llegaba al maquilón, con poca feria…”. Y así encontramos varias por el estilo.
“Indispensables” presenta un caso de rivalidad y celos entre dos trabajadoras calificadas Isabel y Martha que, cuando son capaces de cotejar sus verdaderos intereses y comprobar el valor de sus coincidencias y lo inútil de sus desavenencias, se permiten construir una sororidad entre iguales en lugar de mantener aquella previa y estéril confrontación.
En “Vía Crucis”, Norma, buscando a su hija Olga, reproduce esa desgracia que azota a la sociedad mexicana a muchas otras del mundo: la desaparición, el secuestro de personas y vidas. Junto al dolor de un hecho tan lamentable, destacan las manifestaciones de apoyo, venidas de todos los ámbitos: compañeros trabajadores, funcionarios de empresas, dueños de empresas, activistas. Y, sobre todo, la terquedad imbatible, la lucha larguísima de las madres que buscan a sus hijas e hijos desaparecidos.
Asistimos, en “Perro amanecer”, a una curiosa y bien lograda metáfora que alude a la violencia entre humanos, ejemplificada en el maltrato a los animales. Pero es Tere quien le cuenta a Ofelia el suceso que vivió con sus perritos, por el cual aconseja a su amiga “no encariñarse, no apegarse, no estimar demasiado”. Esta charla transcurre al tiempo que se realizan las operaciones de embobinado de motores. Advertimos ahí, también, la forma eficaz con que muchas veces trabaja su narrativa Elpidia García: un relato dentro de otro relato. Recurso que, si somos lectores aguzados, descubriremos en varios de sus cuentos.
“Franky” es un caso icónico de soberbia. La prepotencia de un personaje que abusa, acosa, humilla en el ámbito de la maquila. Y, acaso, el castigo, la solución que viene por un medio sobrenatural.
“Necesidades” se ocupa de un tema que ojalá más escritores fuesen capaces de abordar: el amor que busca sus caminos a cualquier edad, especialmente entre los adultos mayores. Si esta búsqueda la experimenta una mujer solitaria, pueden acaecer dichas y pesares de los que todos sabemos, pero no suelen decirse abiertamente. El caso de doña Coco, amante de Felipe, su bailador en un antro de la avenida Juárez.
“Princesa Jaguar” nos permite asomarnos a la doble realidad del mundo teibolero. O del mundo maquilero: doble de aquí para allá y de allá para acá. Algunas veces, la escasa paga que reciben las trabajadoras fabriles las orilla, con tal de completar sus gastos de casa, hijos, escuela, a buscar otros medios de obtener ingresos. Bailarina exótica, o cualquier actividad equivalente, designa la solución desesperada y dolorosa a este problema. Y también, por desgracia, encontramos ahí el interés infame de hombres que en lugar de eso que toda mujer necesita, ofrecen asedio, acoso, maltrato, explotación, irrespeto. Nunca el amor.
“Muchacha con botas de charol” nos habla de la falsedad que el deseo frívolo significa. La atracción carnal de Celia, que causaba suspiros entre los compañeros de maquila, no la llevó precisamente a encontrar un afecto sincero. Ni siquiera fue que Celia misma atrajera las miradas, sino sus piernas, o la parte de ellas que se dejaba ver entre la falda y unas altas botas de charol. Sin embargo, había quien tenía por ella un genuino interés afable y no se detenía en la contemplación de su piel, sino en algo más particular: los ojos gris-verde de Celia, desde donde alcanzaba quizás un asomo a su alma. Pero esta se dejó seducir por alguien que terminó por convertirla en una mercancía, un despojo consumible que iba desgastando su belleza con rapidez. Hasta que algo sucedió que prometía, quizás, una redención por el amor.
Los
personajes de este Colmenar de obreras se dejan conocer por sus acciones,
por el anecdotario dinámico en que fluyen sus historias.
Con
frecuencia, además, el lenguaje de la voz narrativa, alter ego de la autora,
intensifica con su crudeza los hechos que en ese ámbito de la clase obrera se
viven a diario.
Cada
uno de los trece relatos vale por su fuerza, su retrato de la amistad, su
calidad narrativa. Ojalá que muchas trabajadoras y muchos trabajadores del
medio laboral fronterizo, e incluso más allá, puedan disfrutas de este libro y
de todas las publicaciones que nos seguirá regalando Elpidia García, la
incansable escritora.
Vuelvo
a la imagen de portada: esa mujer menuda me inspira respeto porque es como
Elpidia: un carácter forjado en la maquila, una inteligencia y una fuerza
capaces de superar limitaciones, dichas y desdichas para convertirse en la
mujer que ha decidido ser y alcanzar las alturas que cada día se propone.
Saludamos y agradecemos estas incursiones al mundo de las operadoras de maquila y su extensión en las complejidades de la realidad.

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