lunes, 5 de febrero de 2018

En memoria de Armando Arenas



Conocí ayer el deceso de mi viejo amigo,
joven aún para marcharse (siempre somos jóvenes).
Doloroso fin, porque lo amamos y porque se clava en la sorpresa
de vernos cada vez más cerca, resignados y vencidos,
de ese día en que se apague nuestro aliento.
Alguien esparcirá la noticia que descienda como un puñal en el pecho
de los amigos. O como nota indiferente para otros,
pero nota al fin, perturbación en el curso de las horas.
Un amigo ha muerto, un médico amable, un señor querido
y deja, más allá del terror de vernos pronto en la tarea de seguir tras él,
la calidez con que se hacía presente, el timbre de su voz,
que igual prescribió consejos, medicinas o poemas.
La muerte de Armando es lámpara súbita
encendida a la mitad del sueño. Más que llorarlo,
me quedo con el eco de su risa, el resumen 
de los momentos festivos, de los brindis, los abrazos.
Su entrañable humanidad ingresa hoy en el lago de la eternidad, 
esa oscuridad sin fin que él rompe como un relámpago.
Sí, alumbra un instante del tiempo este poeta: así destella
quien a tantos supo dar consuelos y pastillas, alivio o esperanza,
como un faro que irradia ante los náufragos, estos que se quedan
atónitos y llenos de preguntas: la respuesta es que puede arder 
la suma de una vida cuando toca dar descanso a los ojos.

Mi deseo, hoy que recibo la noticia triste, es recordar al amigo
en el marco de su alegría, de su vitalidad humana y paternal.
Una memoria como súbito, inesperado fuego que nos traiga,
así de golpe, los momentos buenos vividos con Armando.

Ojalá todos causemos, cuando no estemos más, un chispazo al menos,
una llamita de amor como cosecha de afanes y fatigas y entrega generosa.
A eso aspiro.


1 comentario:

Laura Jiménez Zepeda dijo...

Es muy bello que tu muerte inspire un poema. Debe ser como una vibración musical en su reunión con el cosmos.