miércoles, 23 de julio de 2014

Prejuicio


Pasajero en el auto de un amigo, observo rostros de quienes van en otras naves del asfalto; por ejemplo, una niña o adolescente de piel sonrosada: su expresión facial me parece altivo a simple vista y, por lo tanto, me desagrada. Invento historias de su vida, adivino su modo áspero de responder a las preguntas, me repugna la vanidad con que recibe buenas notas en la escuela –porque, de seguro, es de ese tipo de niñas a quienes todo les sale bien–. Más adelante, en una camioneta pick up, va al volante un hombre maduro; su mirada es serena pero en torno de su boca hay una tensión que me hace pensar en cierto sufrimiento. Creo que se trata de un buen hombre; por consiguiente, este señor me resulta simpático; en parte, ello se debe a que se parece un poco a mí: moreno, con cierta calvicie y con gafas. Enseguida pasa un hombre en bicicleta, a mi izquierda, con aspecto de albañil o algo similar. Lo adivino por su ropa de colores opacos; porque lleva cerrados a la mitad los botones de su camisa; porque su calzado no brilla; porque su bicicleta tiene raspaduras y trae una caja de plástico, llena de herramientas, en la parte posterior. No puedo asegurarlo, pero probablemente es alcohólico, y si sabe leer, apenas repasa la sección deportiva de algún diario; o la página central del PM, nuestra versión local de pornografía barata. Un naco, pues, y hasta puedo aventurar su lugar de nacimiento. Unas calles adelante, tomo medidas de la belleza en las proporciones de una mujer a quien sólo veo fugazmente por detrás. Hago todo esto como chismoso de la ventanilla, como el mirón ocioso que no tiene compromiso de pensar. Si acaso lo hiciera, si fuera capaz de leer con ojo crítico mi propia mirada, tendría que reconocer la estupidez agazapada detrás de mis anteojos: la altanería no se encuentra en las facciones aparentes; la bondad o el sufrimiento no son dibujos inconfundibles en un rostro; no todos los hombres mal vestidos son alcohólicos, ni dejan de serlo por vestir mejor; “naco” es palabra depreciativa, usada por quien se asume superior; la belleza es un golpe de vista que invita a conocer lo que, de cerca, se revela como toda realidad: complicada, problemática. Juzgar a la primera es una injusticia nacida en la pereza; mejor es recordar que estamos rodeados de personas, que la vida fue forjando cada historia de hombre o de mujer con embates muy ajenos a la voluntad de cada quien. En lugar de juzgar, debemos exigirnos la tarea de conocer, pues hay tantos tipos físicos y apariencias que clasificamos en un orden fijo, y es tan cómodo mirar así, que acabamos no mirando sino la superficie. De pronto, trato de verme al espejo para juzgarme con la ligereza acostumbrada: lo que veo es una figura inarmónica, un cuerpo asimétrico, una vestimenta sin buen gusto. Quién sabe cómo he de ser por dentro, pero lo de fuera es evidente. Sólo espero que mi aspecto no le impida a usted, que me ve a través del parabrisas, amarme un poco.

2 comentarios:

Juan Andrés García dijo...

Muy cierto carnal, yo por ejemplo, me tuve que disfrazar de empleado de oficina para ser aceptado entre mis compañeros también empleados de oficina, ingenieros, gerentes, directores, secretarias, etc. pues es un código de vestimenta apropiado para el puesto.
Pero veo entre ellos misójinos, homofóbicos, etc.

Me gusto mucho "Prejuicio"

Agustín García dijo...

Me alegra que compartamos puntos de vista, carnal.