domingo, 23 de octubre de 2011

Comentario sobre Bala por mí el cordero que me olvida, de Joaquín Cosío



 (Texto leído en la presentación del libro, el 20 de octubre de 2011 en el Teatro Gracia Pasquel, de la UACJ).

Calidad de los libros de Cosío
Agustí Bartra —traductor de Apollinaire—, en una reunión de artículos suyos reunidos por Sam Abrams y titulada ¿Para qué sirve la poesía?, afirma: “Sólo sirve el verso donde puedan coincidir el niño, la estrella y el pan. Y el nabo del realismo, ¿por qué no?” Pues, benditas coincidencias, en este poemario vemos desfilar niños, constelaciones y panes. Y, más que nabo, el cacto espinoso del realismo. Encontramos tales elementos dispersos en varias páginas del libro, y además juntos, incluso, en el segundo poema, “El cerro del Cristo negro”, si consideramos al sol una estrella. Cito versos aislados:

“Ladran viejos vinos / algunos minúsculos pioneros del arrabal”
“Hierbajos zumbidos zigzagueando eco de voz / de niño y silbidos”
“Y aún hecho de esta materia espantosa —Oh poema, existes— / contra toda marea de huesos diversificados / Quieto como cualquier sol ignominioso / por silente eres más cierto en orografías y / parajes”
“poema de la oración inconclusa vacía / masticado por los huesos maxilares ya más / quietos y duros que todo pan adolescente / Eres verificable y cierto / Rotundo como un costal de despojos en / el centro de la mesa”

            La resolución de este poema me sorprende: el poema es el pan. Y desde luego, en este poema-pan deambulan los niños, llamados aquí pioneros, con los ecos de sus voces y silbidos. Quieto, como un sol ignominioso, está el poema. Poema que es un sol, pues todo lo observa al mismo tiempo que está ahí, en las espinas y los huesos de la realidad, y es un pan al centro de la mesa. Se verifica la premonición de Agustí Bartra: no sabemos qué tenía en mente cuando escribió esas ideas, pero no es fortuito el acierto, pues así es como funciona la poesía, mediante hallazgos insólitos, videncias cumplidas, magia que no se vanagloria de sus logros. Para mí, aquí hay un poema que sirve y no es difícil reconocer por qué: por su verdad, por su capacidad para llevarnos a donde está una verdad necesaria.

* * *

            La respiración extensa de estos versos, su modulación pausada, de alfarero, como si las palabras fueran arcilla, como si el producto a elaborar exigiera mantener indicios de habilidad y vasto repertorio, me provoca sensaciones opuestas: tomo casi al azar un poema del primer libro, Conversando otra voz, y encuentro líneas que con gusto repetiría hasta memorizar:

“vivimos la aspiración líquida de la medialuz”;
“mira esta destrucción compaginada de los astros”;
“nazca este viendo fabricando / su minuciosa fatalidad / pase sobre la alta planicie del cuerpo / diseminándose en los ojos abandonados de las avenidas / haga nacer otra corteza en las caricias del insomne...”

            Aquí el idioma es una mina donde se cava con amor, las palabras del español son muchas y más aún sus combinatorias posibles: el poeta, si tiene amor por la palabra, se sirve profusamente de ella, explora en su abundancia de sentidos y sonidos. He ahí la parte grata de esa emoción provocada por esta lectura particular. Cosío tendría 28 años o menos al escribir estas líneas, las de su primer libro, y esa calidad no ha decaído. La parte ingrata surge cuando compara uno su trabajo con los versos de poetas actuales del estado, jóvenes y no tan jóvenes, a quienes no hace falta nombrar: pareciera que se ha preferido un facilismo, una pereza de la construcción verbal. Pareciera también que muchos autores que hoy escriben no son tocados por la cultura general, por lectura alguna, si la tienen, y presentan escritos llenos de coloquialismos, lugares comunes... más una fe en el atrevimiento y el lenguaje bravo, como ciertas canciones de hoy que sufren de una grosería elemental, sin gracia alguna. Recuerdo el comentario de un amigo que, luego de leer y escuchar a varios poetas locales, dijo: “Bueno, el común denominador de los poetas es que redactan mal”. Debería yo leer fragmentos de esa poesía, pero no se trata de molestar o de ofender a nadie, sino de proponer, como ejemplo, la mejor escritura de aquella generación que ahora comienza a envejecer. Le debemos a Ciudad Juárez una antología de poemas muy cuidadosamente seleccionados de los talleristas que dirigió David Ojeda en los ochentas. Las ediciones de sus libros fueron limitadas y quedaron todas en un primer tiraje, con la ilusa creencia de que mil ejemplares o menos bastan para informar a un público superior al millón de habitantes sólo en esta ciudad. El resultado de un esfuerzo editorial tan poco optimista es que los mejores poemas queden condenados al olvido, si no asumimos con total seriedad la tarea editorial inmediata que se deriva de esta situación.
            No quiero dejar de comentar esto: cuando, en 1992, Cosío fue honrado con el Premio Chihuahua de Literatura por “Tomóchic, el día en que se acabó el mundo”, obra teatral que tuvo numerosas representaciones en el estado, ya había publicado Conversando otra voz, su primer poemario. El merecimiento estaba más que alcanzado por la calidad de sus trabajos literarios.

Lecturas, influencias
Si bien el grupo del taller donde perteneció Cosío comparte influencias culturales y afinidades esperables en personas que convivieron durante varios lustros, se puede advertir en algunos de ellos —aludiré sólo a los poetas— mayor cercanía con las traducciones de los simbolistas franceses, con las de Baudelaire y Apollinaire; otros estaban más hermanados con Bukowsky (pero, desde luego, Bukowsky también leyó a Pound, a Villon, Lorca, Elliot); Ricardo Morales nutría su inspiración en la música, el cine, los clásicos; Cosío tiene fuentes evidentes más cercanas, además de su cultivo literario como gran lector que ha sido siempre y su formación universitaria: David Huerta (de ahí quizá la predilección por el verso largo), Marco Antonio Campos. A veces me parece que sus versos tienen ecos de Alí Chumacero, pero puede ser una percepción provocada por la cadencia que se mantiene en toda su escritura. Cosío, de entre todos, me parece el poeta de más reflexión filosófica y también el de calidad más permanente: imposible ver un poema de él que descienda al nivel del chiste o el cinismo sin arte que sí fueron visitados, de vez en cuando, por otros colegas suyos. Todos tienen buenos y malos poemas, en proporciones variadas, pero en Cosío la mayoría de las páginas, aunque no son muchas, mantienen una calidad estética constante y, a la vez, ha sido de los menos publicitados en cuanto poeta.
            Un ejemplo de lo que considero poema filosófico es el que se titula, en este libro reciente, “El amor es producto de la imaginación”. Ahí se alude a un viaje en automóvil, y enmarcado en el sopor de la velocidad, arrullada la imaginación por el ruido del motor, dice el poeta:

“Asoman las fatigas del tiempo frente al contraluz / de una suave sabana por donde dices han pasado / ríos // rastros del aire contra los cactos y las piedras // Todo impasible viéndonos por la / carretera donde nosotros como otros pasamos”.

            Es el tiempo fatigado el que se asoma a las ventanillas del auto, y el paisaje sólo es un fondo, “el contraluz”; además, los viajeros son los observados por el tiempo y ese fondo ante quienes ellos, con su auto en marcha, sólo son unos que pasan, minimizados entre muchos otros que van por esa carretera. Sobreviene entonces la pregunta del poeta a su compañera dentro del vehículo:

“Y yo ¿he pasado frente a ti como el rayón rojo que somos ahora ante los radares y los insectos adormecidos por el frío?”

            Comienza la irrealidad: el amor es pasajero, fugaz, porque no es una cosa, sino un producto de la imaginación, como indica el título. Por eso dice el poeta:

“y mira que preferimos envolvernos en el abrazo quieto del sueño antes que resolvernos en la velocidad que ahora surca este silencio gélido de faunas escondidas y en reposo”

            No se habla aquí del sueño de quienes duermen, sino del acto de soñar. Y cuando se dice “antes que resolvernos”, quiere decirse: “antes que disolvernos, antes que volvernos velocidad pura”, entre el frío silencio habitado por animales ocultos. Pero esa disolución será inevitable, pues

“...ese momento irreparable adonde el silencio nos lleva tenía que imponerse con la ayuda de nuestro oráculo // Que desde que nos enseñó a cruzar las avenidas y las carreteras del sur sabía ya que no éramos posibles”.

            No es posible el amor, pues ya está dicho (por un oráculo) que el amor es imaginario, es un viaje que desde su inicio mismo va imponiendo su dilución, su tránsito a la nada

“Ahora después de que inauguramos la inolvidable travesía y empezamos a desmoronarnos a fuerza del viento a ciento veinte kilómetros por hora”.

            El poema cumple, así, lo que anunciaba: los amantes se resuelven en velocidad, desmoronados también por la fuerza del viento.
            Escogí este poema porque guarda gran afinidad conceptual con otro que aparece en Cíbola. Éste se titula “Declaración de principios” y contiene la base filosófica concretada en la realidad, llamémosla así, del texto que estuvimos comentando. De éste, anterior en el tiempo, citamos fragmentos:

“[...]
nada soy
es sólo una sombra lo que anuncia un destello
incomprensible que traza en las líneas fugaces
de tu mano
sus orbes desterradas sus delimitaciones vencidas
nada me da su consistencia porque he perdido las justas
palabras para nombrar al mundo
[...]
ni todas las conjeturas inyectadas con el sabor de mi lengua
en tu alma son reales
ni la música el sol mis ojos
ni el tiempo dado como si fuera posible retornar o como si nos
abrigara a su sombra para brindarnos alimento y alivio
ni aun tu inmaculada mancha en mi corazón tu inextinguible
voz tu miel”

            La filosofía, como componente de la literatura, se encuentra aquí y allá, en un verso suelto, en el conjunto de sentido, entre líneas. Así lo veremos más adelante, cuando comentemos otras páginas del nuevo libro, primero de esta época de Joaquín que habrá de producir otras visiones, otras vivencias y otras maneras de luchar por colocarse a la altura de los grandes poetas y desplazarlos, porque sólo esa lucha tiene sentido para un escritor.
            Es fácil hallar, ya advertidos, los vuelos filosóficos del poemario que ahora tenemos a la vista. Por ejemplo, la inusual manera de llamar a la división fronteriza, que es una fría valla metálica, “el muro de las lamentaciones”. Es el poema de apertura, y éstas sus primeras frases:

“A mi imagen y semejanza
te hacen en esta primera hora los párpados de
            /la piedra filosofal
y con la noche mística
            perfilados los edificios también como un oasis
se te revela esa sonrisa cuna de las arcaicas velas
            /de dios”

            El poema continúa con la relación de visiones de esta ciudad, enrarecidas por la distancia y por los fenómenos que la distorsionan ahora, pero el relator prefiere verla “contra las palmeras y el cielo rojo de fecundo / con el día más hecho de mi propia / configuración de fantasmas y peces muertos / que de los sepulcros bajo la piedra política que / es cada casa”. El poeta prefiere llamarla “Mi ciudad perteneciente / Mi ciudad inundada de colibríes y lluvias frías / serás”.

Temas y aspectos formales del libro
Si, como dice el recién nombrado Premio Nobel de Literatura Tomas Transtömer, la poesía es un sueño realizado en la vigilia, y esto es aplicable a la colección de textos que tenemos aquí ahora gracias a la pluma de Cosío, tratemos de indagarlo desde el título del libro. ¿Qué nos evoca esta oración compuesta, Bala por mí el cordero que me olvida? Un perro aúlla por su amo. Eso es normal. No lo es tanto que se queje por nuestra ausencia un cordero. Mucho menos puede aceptarse, con una lógica inflexible de matemático, que el cordero, ya sin memoria de mí, esté balando por mí. Esto no es propio de una racionalidad estrecha, pero es perfectamente posible en poesía, donde el mundo de la imaginación y del pensamiento blando como los relojes de Dalí puede abrigar contenidos de la mayor amplitud y profusión.
            Que en una ciudad haya un cordero balando, ya de por sí pertenece a la memoria lejana, al sueño de algo que ya no es —el pasado bucólico de nuestros ancestros—. Estamos ante una imagen onírica, quizá de pesadilla, por la carga angustiosa del olvido que hay en ese lamento animal, sin mencionar las connotaciones simbólicas del cordero, cuyo comentario nos llevaría no sé a dónde. En ese marco irreal, onírico (¿acaso tienen lógica los sueños?), ha pasado el poeta muchas horas de vigilia tratando de hacernos vivir su sueño. Se cumple así, creo, la idea de Transtömer que citamos líneas arriba.
            La poesía de Joaquín Cosío, desde sus inicios, tiende a escribirse sin  puntuación, como es frecuente entre sus condiscípulos del taller del INBA. Es un modelo aprendido o imitado de pretéritas vanguardias y muy común en cierta generación de talleristas literarios en el país. Tiene sus ventajas: el discurso marca sus pausas de manera natural por el sentido, por las unidades gramaticales, por el límite físico del verso. Digamos que no hay el estorbo de las comas y puntos y aún hay manera de saber, mientras leemos, dónde empieza y dónde acaba cada parte. Además, Cosío emplea mayúsculas donde corresponde, utiliza signos de interrogación, guiones, paréntesis. Sólo no están las manchitas de los puntos y las comas. Eso da un aspecto de cierta desnudez a la página escrita, y también cierta informalidad que se ve desmentida por el lenguaje tan rico y a la vez ausente de sarcasmos o giros coloquiales. Es como un traje impecable sin el adorno inútil de la corbata. De esta costumbre casi antigua procede, he aquí la paradoja, parte de la frescura que caracteriza los textos de Cosío.
            Otra cualidad de sus poemas, cuya profundidad no demerita su frescura, está en las imágenes. Para ejemplificar ofrezco esta evocación con que inicia el poema titulado “Mi madre”:

Recuerdo que recuerdo el perro
            que
saliendo de la verja atacaba
era lo único cierto
            en mí entonces
ladra el perro y mis sábanas están encima de mí
y respiro agitado y recuerdo...

            Me niego a leer completo este bellísimo y breve poema, por si lo retoma el autor o los lectores prefieren disfrutarlo a solas, estrenar su descubrimiento sin la contaminación de haberlo escuchado, pero me interesa llegar al final (al contrario que en la narrativa, los poemas no pierden su encanto si conocemos el final) porque esa recurrencia onírica del perro persiguiendo al niño se resuelve así:

Ahora
            más real que el perro que me ladra
es otro sueño más puro:
                        un perro que me sueña
                        amando

            Se me ocurre que esta imagen tiene una delicadeza casi oriental. Cuando junten ustedes las piezas del poema lo van a disfrutar mucho. Mejor si le dan lectura dos o tres veces, y al otro día regresan a él.
            Hay elementos, en este poemario, que conectan al Cosío de sus libros anteriores con este del año 2011. Son elementos compartidos con sus contemporáneos del taller de Ojeda: en los mares fantasmas de nuestro desierto, los poetas recurren a la palabra naufragio, a barcos efímeros con sus velas y sus mástiles. Desde luego hay oleajes —de arena o de luz crepuscular— y unos cuantos términos propios de los viajes marinos: deriva, sotavento, cartas de navegación. Es una especie de nostalgia del mar que, curiosamente, anima buena parte de la escritura en esta zona desértica. Y es que tal vez, en lugar de arena, en nuestro espíritu habita un pretérito mar. No somos aridez: somos un mar que fue.
           
            Volvamos a la idea de naufragio, uno de los elementos de esta poesía. Tenemos que reconocer a un poeta como alguien condenado a cierto naufragio. Mucho podría decirse y se ha dicho al respecto. Sin embargo, en los naufragios confluyen extremos opuestos, como relata Francisco Tario en su cuento “La noche del buque náufrago”. Dice ahí: “Transporté una locomotora y un ramo de orquídeas; un niño recién nacido y un moribundo; un banquero y un poeta; una reina y un prófugo”. He aquí que, si el poeta se hunde, es porque hay un mundo haciendo agua en torno de él. Tario, sin embargo, narra su visión de un mundo pueril, estúpido. En contraste, el mundo que navega en este barco de la poesía joaquinista es un pueblo de fantasmas amados, y su nostalgia nos dice cuánto duelen las ausencias y también cuánta infelicidad las coloreaba cuando brillaban y latían como presencias.
           
Los temas
Cosío está entre los primeros autores locales cuya poesía se vio tocada por esa violencia que nos ha crecido como un cáncer incurable. Así, en 1999 publicó “La muerta” y “Las muertas”. El primero de esos poemas es un testimonio personal que inicia de este modo:

“Cruza la muerta quieta, blandamente / la de las lánguidas manos abiertas sobre el río / cruza caudales ásperos bajo las losas y los ojos...”

            El segundo retoma uno de los primeros conteos periodísticos de esa ignominia: las mujeres desaparecidas.

Las muertas
A 120 muchachas las han visto partir vestidas de fiesta / o en rígidas ropas necesarias para el trabajo...”

            Ambos textos aparecieron en Cíbola. Cinco poetas del norte, libro compilado por la UNAM en su colección “El ala del tigre”. Es notorio que los cinco son poetas chihuahuenses, y tres de ellos, juarenses.
            Entre los poetas del estado que han publicado por lo menos un libro, algunos se han ocupado de la problemática social, humana de la entidad. Podemos nombrar en ese grupo a Cosío, Micaela Solís, José Pérez Espino. Es mayor el número de esa especie si contamos a los narradores y dramaturgos: Alfredo Espinosa, Antonio Zúñiga, Pilo Galindo. Hay más, desde luego, aunque muy pocos. Hago alusión a esta temática porque tiene que ver con un examen crítico de la producción poética local, un examen que le debemos a la comunidad juarense. Hay críticos, desde luego, como Mario Lugo y Ricardo Vigueras. Sólo nos falta el abordaje de la poética local y estatal en mayor medida.
* * *

            Aunque parezca una torpeza, opino que los temas de la poesía inciden en su calidad. De ninguna manera sugiero que la denuncia o el abordaje de la violencia actual sean las condiciones determinantes de la calidad. Pero, me parece, la asunción del poeta como testigo de su tiempo, su inmersión en la vida social, como observador al menos, es una de sus funciones desde el origen de la poesía. En cambio, la limitación o la preeminencia de los temas de cantina y las anécdotas frívolas, abaratan un tanto la estética.
            Pongo por muestra la escritura de esa generación que comenzó a formarse en el taller del INBA de los 80, el coordinado por David Ojeda: las preocupaciones temáticas de esos chicos que ya no lo son tanto apuntaban hacia referentes culturales más o menos lejanos, más o menos elitistas, pero al fin formaban parte de la tradición y las corrientes en boga. Eran, los poetas locales de aquel tiempo, unos aristócratas pobres que sabían algo de rock, hablaban sobre cine norteamericano y emulaban a poetas del siglo XIX o principios del XX. Con el tiempo, sus seguidores y algunos de ellos mismos fueron dando un giro hacia cierto cinismo, cierto enclaustramiento en las cantinas —me refiero al mundo narrado en los poemas— y su lenguaje se llenó de elementos de ese mundo. No que deba faltar esa mención, pero de pronto era casi el contexto único de la poética local, y los pequeños seguidores se fueron todavía más abajo en el manejo del idioma y en la elaboración retórica de los textos. Hoy tenemos una pléyade de poetas elementales, sin búsqueda de sentidos profundos a través de la palabra.
            Toda esta elegía viene al caso por el contraste que representan autores como Joaquín Cosío y los primeros libros de su generación, y si preparamos pronto una antología de los mejores textos de esa camada, quizá podamos ofrecer un ejemplo a los nuevos poetas, con la esperanza de que la poesía camine hacia adelante y no se vulgarice, en el mal sentido del término.

Conclusión
Cosío nos entrega este poemario a una edad en que solemos hacer un “corte de caja con la vida” —tomo prestada una frase de Luis Arturo Ramos— y su verso de hoy difiere de aquellos publicados hace 21 años y también de los que publicó hace 12 años.
            En los versos de hoy, me parece advertir, el amor cobra su mayor intensidad cuando se vuelve ausencia —cómo negar que eso nos pasa a todos—. Hay temas del primer libro que perviven en su repertorio, o más bien deberíamos decir: pre-textos recurrentes en su necesidad de nombrar al mundo desde una visión personal: la noche, la ausencia, el naufragio. Pero también hay presencias nuevas y de capital importancia: su preocupación por fenómenos como la migración, como la vida humana según fermenta en los rincones más alejados y oscuros. Así lo vemos en la última sección del libro, llamada “Mutis”.
            El poeta Joaquín Cosío, ciertamente, creció en la búsqueda de una poesía que derrumbe a sus modelos “fuertes”, para utilizar la expresión de Harold Bloom. Es difícil que el tiempo disponible le baste, ahora que participa en todas las series televisivas y es muy solicitado en los medios del cine y el teatro, pero él sabe que en todo arte hace falta entrenamiento constante y estudio. Si toma conciencia de sus capacidades como poeta, algún día antes de la ancianidad lo veremos dedicando tiempo a este talento suyo cuyos productos reclamamos, por bien de la estética mexicana, quienes apreciamos lo que ha publicado hasta hoy.

            Gracias.
           

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