miércoles, 10 de agosto de 2016

Progreso del tercer milenio

La ilusión de que el progreso constante es posible, y de que esa posibilidad tiende a mejorar el mundo, es la verdadera causa de todo el caos, toda la violencia que enturbia la vida actual, este triste comienzo del siglo XXI. La idea de progreso ligada a la mejoría económica justifica los medios para alcanzarlo. Sin embargo, hay muchos aspectos en que esta ideología ilusoria coloniza nuestro interés.

Una de las muchas vertientes del problema es patente cuando, por ejemplo, un gobierno pretende llevar “cultura” a un pueblo al que supone inculto: comienza por el método de traer espectáculos ajenos, foráneos, exóticos. Y esa forma de mostrar el progreso, en la imaginación del Estado, equivale a enseñar con el ejemplo la manera de ser cultos. La realidad es que sucede lo contrario: con el despliegue de espectáculos de lujo, la enorme inversión económica de traslados, alojamientos, montajes, toda la cultura local se ve suprimida, o por lo menos enviada al rincón más lejano y marginal de su actividad vital. Se nos hace creer que la cultura es algo que se vende caro en un local cerrado o, en el mejor de los casos, en una explanada bien equipada con luces y equipo sonoro. Ante tal espejismo el guitarrero del camión, el teatrista local, el artesano, el grafitero y el malabarista de los cruceros se vuelven grises intentos de arte, manifestaciones devaluadas de la “alta cultura”. Y son ellos, sin embargo, quienes hacen bullir la imaginación creativa día con día, en todos los rincones de la ciudad. Son ellos quienes impresionan los sentidos y la sensibilidad de los habitantes, siempre a cambio de poco y con frecuencia sin retribución.