lunes, 10 de noviembre de 2014

Buqué

He vivido más de medio siglo, pero muchas veces, durante este tiempo, me pregunté si la madurez me habría alcanzado, o yo a ella. O si no, ¿cuándo llegaría, como llega a una fruta su mayor dulzura, y que en un hombre puede significar el estado de reposo anímico, algo así como una paz contemplativa? Quizá podría definirse como cierta capacidad de ver al mundo como a un cuadro lejano, borroso y un tanto ajeno. También implicaría despojarse de miedos y prejuicios, descreer de toda trascendencia y dejar sin aprensión que avance el río del tiempo. El desenfado general de mi existencia me ha hecho creer, sólo en dos o tres momentos, que la joven ineptitud se había disuelto con los años.
            El mejor de todos esos momentos ocurrió durante uno de mis viajes furtivos, esos repentinos distanciamientos con que suelo descansar del mundo. No importa el nombre del país o la ciudad y ni siquiera me obligo a recordarlo, pues no dibujaré un paisaje cuya belleza decidí guardar para mí solo. Lo importante fue el momento, la conciencia súbita de no ser más un adolescente con apariencia de hombre cincuentón.
            ¿En qué consistió tamaña epifanía?, ¿cómo fue ese golpe luminoso de la edad, ese narcisismo capaz de preciar en su altura, como si de un estadio superior se tratase, el desarrollo mental más elevado gravitando sobre las bondades indudables de la juventud? Instantes así barren de un escobetazo el verso de Darío: “Juventud, divino tesoro…”, pues visto a la distancia no es tesoro y mucho menos divino, sino pobre y torpe frente al estado inefable de asumirse en edad plena, es decir, en la integral humanidad.
            Como decía, una de esas iluminaciones del espíritu –cuya frecuencia podría contarse con los dedos de una mano–, me aconteció en la forma inesperada de un buqué. Suecedió cuando estuve de viaje, hospedado en una ciudad donde por suerte encontré gente capaz de comprender mi lenguaje y mis intereses. Gracias a esa dichosa coincidencia, pronto me vi en un lugar donde sirven cierta cerveza local, antes desconocida para mí, pero que despertó el más delicioso efecto en mi paladar. Daba la impresión de estar elaborada con agua que baja de los deshielos de una montaña nevada; y su sabor, después de pasar el trago por la garganta, tenía un dejo a hierbas frescas maceradas o a té ligeramente amargo. No obstante su sabor, grato desde que llenaba la boca hasta que sólo era un recuerdo, lo mejor era su huella fragante. Sí: vacíos el vaso y la botella, pasados unos minutos yo acercaba el recipiente a mi nariz. ¡Era como estar bebiendo aromas ricos a través del olfato! Deseaba aspirar una y otra vez ese perfume que se prodigaba desde el fondo de los recipientes como remanente mejorado del sabor, como un regalo precioso y delicado. Confieso que desde entonces privilegio el encanto de beber con lentitud y, con fruición y parsimonia, aspirar el rastro sutil de la bebida.
            Fue ahí, durante el mencionado hallazgo, que me descubrí hombre maduro, manifiesto en una capacidad para gozar el efluvio que manaba el poso de la cerveza –aquella cerveza llena de virtud–. Un joven o una persona inmadura de cualquier edad no tendrían la paciencia, el remanso emocional donde cultivar placeres de tal categoría. Disfrutar así de una bebida y su aroma es claro signo. Mejor aún: en un acto semejante se revelan y combinan el punto mejor de un hombre y el de una bebida. No cualquier maduración, sino el fermento sabiamente cultivado.
            Así fue que descubrí la íntima, deliciosa maduración en una esencia. Algunas veces encontré en circunstancias menos gratas, he de admitirlo, señales de la propia madurez. Pero, gracias a momentos así, puedo volver mi vista al pasado sin tristeza, ver a los jóvenes sin asomo alguno de envidia. Ahora, más bien, los observo con la esperanza de que arriben algún día a esta conciencia de ser maduro, escalar esta fase de ritmo acompasado, desde donde puedan apreciar con certidumbre las mejores cosas que resultan de estar vivos.

1 comentario:

Laura Jiménez Zepeda dijo...

El embriagante aroma de la edad madura... bienvenido.