jueves, 8 de diciembre de 2011

Un titubeo


La hermosa, la más hermosa de las mujeres que han compartido conmigo algunas  horas de solaz, descendió del transporte público, precedida por múltiples trabajadoras con ropa igual. Habían pasado días sin vernos.
            —¿Qué haces? —preguntó cuando, al reconocerme, bajaba el último escalón. Sus pasos tenían tal gracia que no se entendía por qué llevaba un traje fabril, como todas las demás. A ella le faltaba el trámite de un beso para llamarse novia mía, pero en una cita fallida, quince días antes, llegué tarde a su casa: ella, obsesa de la puntualidad (como buena obrera de la maquila), se fue a otra parte cuando mi demora excedió los veinte minutos. Me fue tan doloroso el golpe, que no volví a buscarla.
            —Espero a mi novia —contesté sin estar seguro de qué hacer.
            —Ah, ¿sí? ¿Y quién es tu novia? —lo dijo con la coquetería más simple, como esperando una respuesta obvia que no podía ser otra sino la deseada por ambos.
            —Mi novia llegará en el siguiente autobús —contesté con la verdad, después de dudar durante unos segundos. Ella sonrió sin dejar el gesto juguetón y me miró como esperando algo. Yo seguía dudando si abrazarla o sostener mi soberbia, tan inútil. Pasó un minuto durante el cual su sonrisa transitó a un gesto interrogante y acabó por fin en una tenue, incrédula tristeza. Dio la vuelta sin decir palabra y echó a andar a lo largo de la acera con lentitud, esperando quizá que yo cambiara de opinión. Estuve a punto —sólo a punto— de hacerlo, pero me deleité en su imagen que iba haciéndose pequeña a lo largo de la calle, sin acelerar su paso. En la distancia, su figura mantuvo hasta el final esa ondulación de hoja mecida por el viento. Despacio, también, la fui perdiendo para siempre.
            La postrera historia de mi vida es prueba incontestable del gigantesco error que significa un titubeo.

1 comentario:

Manuel Iris dijo...

Enorme, Agustin!!! Carajo, hace mucho que no leia poes'ia tuya. La culpa es mia porque tengo aqu'i libros tuyos. Un abrazo, poeta. Te lo digo recordando un bello poema para unos pies, y otro para el vino.